Luces en el balcón

La calle estaba desierta, sólo se veían algunas valientes gaviotas que se atrevían a salir, aunque pronto eran espantadas por los coches de policía que patrullaban las calles. La ciudad había sido tomada por un siniestro silencio. Sólo los semáforos seguían funcionando para regular un tráfico fantasma.

El mundo se había detenido por un nuevo shock, una amenaza que según decían afectaba a todos. Por primera vez los humanos parecían estar unidos ante un enemigo común, el problema era que el enemigo era invisible y estaba dentro de cada uno.

Contemplaba el exterior desde su balcón, divagando sobre si esa situación resultaba buena o mala, no sabía distinguir si era más peligroso el virus que acechaba a la humanidad o que todos rogaran a la policía para que les encerrasen en sus casas. Las fantasías de Orwel y Huxley por fin convertidas en realidad, pensó.

Contemplar aquel silencio envuelto en tales dudas le provocaba una enorme ansiedad. Ansiedad por no saber si el peligro estaba fuera o dentro, si el peligro era imaginario o sólo invisible.

Sin pensar, dejándose llevar por un impulso, salió al balcón y cantó lo primero que se le vino a la cabeza, una vieja canción de mina que su abuelo cantaba con voz profunda en las temibles noches de tormenta de su infancia.

—Traigo la camisa roxaaa…—sus palabras resonaron por la calle vacía… y se sintió ridículo, así que terminó la estrofa bajando tímidamente la voz—, tralarala lará laralá…—sin embargo no dejó de cantar porque la voz le salía de lo profundo de sus entrañas, de allí donde se escondía la ansiedad y el miedo que se transformaban en canción para salir al exterior. —¡Traigo la camisa roxaaa… tralarala lará laralá!
De pronto tomó conciencia de la realidad, se vio a si mismo como el loco que era dando voces solo en mitad de la ciudad y entonces, en algún bloque a un par de casas de distancia, una voz respondió.

—¡De sangre de un compañeru, mira! ¡Mira maruxina, mira! Mira cómo vengo yo.

Otro loco le había seguido y, efectivamente, sonaba ridículo. Sonrió al darse cuenta y aquella sonrisa le limpió un poco las entrañas, así que tomó aire y volvió a gritar aún más fuerte. Los dos gritaron descompasados con la emoción que surgía del interior… y otra voz se unió a ellos.

—En el pozu María Luisa, trailaralarai, lara lai —más voces se fueron sumando— Murieron cuatro mineros ¡mirá, mira maruxina, mira, mira cómo vengo yo!

Cantaban con voces de profundo respeto, pero a la vez guardaban la fuerza de quien no se deja caer en el camino, la fuerza de la unión.

De pronto la ansiedad convertida en canción terminó de brotar, como una arcada que limpia el estómago, saliendo en forma de lágrimas. No eran lágrimas tristes, sino de emoción, de paz y respeto. Tal vez aquella amenaza fuese la forma de la naturaleza de recordarnos la importancia de la unión.

Respiró aliviado y abandonó el balcón sintiéndose un poco más libre.

13 Comments

  1. Lo unico que se me hace insoportable del confinamiento es la música, las voces y el ruido de los demás vecinos, que parecen tener fobia al silencio, y no pueden comunicarse sin llegar a los 35 decibelios.

    Si, encima, salen al balcón a cantar…

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    1. Jajajaja no todo el mundo sabe coexistir consigo mismo, ni todos aguantan una estancia encerrados sin barullos, su día a día cotidiano suele estar cargado de prisas y gente… quizás ese ruido que otrora pudiera ser molesto ahora es un desahogo necesario para liberarse y tranquilizarse… Los que solemos disfrutar de la paz y el retiro hogareño nos extraña pero…

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