Expectativas.

Patricia no tenía buena memoria, salvo para las fechas. Se podría decir que tenía un calendario mental que ocupaba buena parte de su cerebro, anotaba cada día como un acontecimiento pero todos esos datos eran de hacía más de veinte años el resto solo eran conmemoraciones. Por ejemplo si el 23 de Abril de 1997 fue un día triste todos los 23 de Abril a partir de esa fecha lo eran y así lo esperaba, por el contrario si la marca del calendario había sido un buen día todos en los siguientes años tenían que serlo y punto.

Así era el día de hoy, hoy para ella era uno de esos días especiales en los que todo lo que pasaba era bueno desde que con 16 años obtuviera el único diez en Historia de toda la clase, todos los 10 de Octubre a partir de ahí habían sido extraordinarios, su primer amor se declaró ese día, consiguió su primer trabajo ese día, sus mejores vacaciones empezaron ese día, hasta ganó 300 euros con una quiniela ese día… Definitivamente el 10 de Octubre era su momento. Ese día se sentía la más guapa, la más preparada, se despertaba feliz y segura, todo era posible en esa fecha y por raro que parezca el horóscopo del periódico siempre le daba la razón de lo que esperar cada día.

Hoy la predicción era de lo mejorcito. “Tendrás un encuentro casual que lo cambiará todo estate atento corazón”.  Sí, estaba preparada para ese encuentro, sabía, sentía, deseaba, quería, necesitaba que así fuera y por supuesto que fuera hoy.

Se puso su vestido favorito, se dirigió hacia su lugar favorito y se sentó con una amplia sonrisa a esperar que ocurriera lo que tenía que ocurrir. Era una mañana estupenda, el sol aún calentaba, los árboles seguían teniendo hojas, el frío todavía no había llegado. Ella se sentía radiante.

Saludaba a todas las personas que pasaban, en especial a los hombres, pero todas hacían eso, pasar, al igual que las horas del día, sin darse apenas cuenta había llegado la tarde y no había ocurrido nada.

-¡Qué tonta he sido, claro, las escenas más sorprendentes y románticas son al atardecer!

Se atusó el pelo, reestiró su vestido, marcó aún más su sonrisa y siguió esperando. Hoy era su día, tenía que pasar algo extraordinario, el 10 de Octubre siempre, siempre, pasaba algo maravilloso, el horóscopo también lo había dicho, ella sabía que así era y así tenía que ser, su fecha no la podía fallar.

El sol dio paso a la noche, Patricia seguía ahí , no había comido nada desde el desayuno, le dolían todos los huesos de estar sentada en el banco del parque todo el día, la temperatura había bajado, el frío comenzaba a colarse en su piel, la sonrisa se borraba de su rostro. Patricia miró su reloj, eran las nueve y cuarto, era pronto, el día no había terminado, aún quedaba tiempo.

-El día no se acaba hasta que no dan las doce.

El parque comenzó a vaciarse, nadie había ya salvo ella, eran las once menos cuarto cuándo su estómago rugió a la vez que el cielo, sus ojos se llenaron de lágrimas acompañando a la lluvia que la empapaba, pero no se movió ni un milímetro de su posición. Aguantó estoicamente el aguacero durante una hora más. Se incorporó despacio notando todo el peso de la ropa mojada, el peso de la decepción.

-Señorita, ¿aún sigue aquí? Tiene que irse ya, el parque va a cerrar las puertas -La voz del guarda la sobresaltó, era un hombre mayor con aspecto de película antigua-. ¿Quiere que llame a un taxi?

Patricia negó con la cabeza.

-Vamos, la acompaño a la entrada -dijo el hombre en un tono tan neutro, que no se podría distinguir si lo decía para asegurarse de que se iba o por preocupación sincera.

Los dos se encaminaron hacia la salida en silencio y con pasos cortos.

-Gracias -musitó ella al llegar.
-No hay de qué señorita, es mi trabajo -respondió el guarda inclinando levemente la cabeza, al levantarla la miró directamente, resopló y añadió-. Váyase a casa, tómese algo caliente y descanse, mañana lo verá todo con otros ojos, cada día es una nueva oportunidad -y dicho esto se dio media vuelta y continuó con su ronda.

Patricia miró el reloj, eran las doce y veintitrés. Tiritando y como en un trance se dirigió hacia su domicilio. Su cabeza no pensaba en nada salvo en una ducha caliente y en un plato de sopa. Su mente se había borrado, las marcas en el calendario se habían diluido.

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