Diario de la desolación

Día 1:
“Tengo que salvar a mi hijo”
Día 23:
“Tengo que mantenerme cuerda”, pienso mientras huyo despavorida por la ciudad destruida.
Así llevo varias semanas, recorriendo las ruinas y escapando de toda amenaza, humana, animal o mutante, lo mismo da.
Día 27:
He ido haciéndome un traje de los retales que he encontrado, intentando cubrirme, arrancando las telas de los cadáveres más recientes, he entrado en las ruinas de las casas que antaño eran los hogares de mis vecinos, buscando cobijo, buscando alimento, buscando cualquier cosa que pudiera ayudarme. Robando pero llegaba tarde ya todo había sido saqueado, por alguien más rápido que yo, lo único que encontré fue una vieja pistola con tres balas y una radio antigua que me da paz en las noches en las que me siento segura y la enciendo un rato dejándome llenar de las alegres melodías que suenan, haciéndome olvidar por un breve instante que el mundo ha desaparecido, desolado, destruido por la guerra, y no sé qué debo hacer.
Día 33:
Los días pasan y mi cabeza sólo escucha el llanto de mi bebé, un dolor constante que ya no me da fuerzas.
Día 39:
La ciudad está devastada y saqueada ya no hay nada que encontrar aquí, en un arranque de valor me he convencido de salir a las afueras, he envuelto en un hatillo improvisado, las dos últimas barritas energéticas, caducadas, y una botella de agua, que encontré en un arcón de una vieja gasolinera, mis únicas provisiones, me he puesto la pistola en el cinto y he salido de este cementerio de hormigón.
Día 40:
Mi estómago ruge, mi cabeza resuena con el llanto constante de mi bebé, el miedo a encontrarme con alguien tensiona todos mis músculos produciéndome calambres que me impiden avanzar más, la noche cae y me encuentro en medio de ninguna parte, un camino olvidado entre la ciudad y las granjas de las afueras.
Las granjas, eso es lo único que me anima a seguir con la esperanza de encontrar allí alimento, la tierra, la tierra tiene que tener comida.
Día 41:
A lo lejos diviso una destartalada caravana, será mi refugio por unos días, siento una
inexplicable felicidad al entrar y observar un mugriento colchón, y una especie de caja de
caudales cerrada, es un tesoro y una esperanza. Me dejo caer sobre el usado jergón y me sumo en un profundo sueño sin importarme los olores que desprende mi nueva cama.
Día 42:
Al despertar me siento con más energía, cojo la caja de caudales e intento abrirla, pero está
cerrada con un candado, la agito, dentro hay algo, decidida disparo contra el cierre que vuela parte de la caja pero la bala sale y rebota en las paredes de metal llegando a rozarme en un brazo y causándome una herida que enseguida se pone a sangrar, no tengo con que desinfectarla.
Arranco un trozo de tela de la camiseta que llevo y me hago un torniquete en el brazo, al
menos he de parar la hemorragia.
Olvidándome del dolor abro la caja y encuentro una caja de pastillas, no creo que sean
aspirinas, son de color rosáceo con un dibujo de un arcoíris impreso, sé lo que son. Enfurecida las tiro contra la pared y las pastillas se quedan esparcidas por toda la caravana.
dejando el suelo plagado de pequeños arcoíris.
Me agacho y recojo una, me la meto en la boca y en un instante…paz.
Mi mente vuela a mi hogar, mi hijo está en su cuna durmiendo plácidamente, mi marido en el salón esperándome para ver la tele, la cocina aún huele al delicioso asado que hemos comido, ah es todo tan maravilloso, me siento tan feliz… y de pronto todo es oscuridad me encuentro en un callejón rodeada por cientos de caras deformes que me llaman con voces siniestras quiero salir de aquí, quiero volver a mi hogar.
Día 43:
Mi propio grito aterrado me despierta.
Estoy tirada en el suelo de la vieja caravana, afuera cae la noche de nuevo, a mi lado los
envoltorios de las barritas y la botella de agua vacía, en mi mano la pistola y en el techo dos
agujeros de bala. Durante el colocón he gastado mis únicos recursos.
Día 44:
En un arranque de cólera me lanzo contra la pared de la caravana una, dos… veinte veces
hasta caer exhausta nuevamente. No sé el tiempo que dormí, fuera parece que atardece,
siento la boca seca y el estómago pegado a las paredes de mi vientre, el brazo me duele, está infectado, me noto arder, posiblemente tenga fiebre.
Día 45:
El llanto de mi bebé vuelve a mí. Tengo que salir a buscarle, tengo que salir a buscar comida pero antes de posar un pie fuera de mi refugio el miedo me paraliza, no puedo salir.
Me doy la vuelta y me acurruco en un rincón.
Día 46:
Llevo tres días sin beber, sin comer, sin dormir, el brazo está cada vez más hinchado, mi cuerpo sacudido por la temblequera de la fiebre.
Lloro amargamente acompañando la cantinela de mi cabeza con mi propio lamento
“¡No puedo salvarte! ¡No puedo! ¡ Lo siento hijo, lo siento, ni siquiera puedo salvarme yo, no puedo, no puedo…”
Día 50:
Deseo con todas mis fuerzas que mi hijo esté muerto, que hayan acabado con su vida.
Este pensamiento me llena de culpa acabando de trastornar el poco juicio que me quedaba.
Arrastrándome por el suelo recojo todas las pastillas que seguían ahí diseminadas y me las
meto en la boca.
Morir en mi hogar junto a mi familia, estoy preparada para dejar esta existencia de muerte en vida, de desolación, de oscuridad…
Quizás en la siguiente todo vaya mejor.

6 Comments

    1. No puedo leer bien, porque el renglón sobrepasa los márgenes de la pantalla. Si es un efecto buscado para aumentar la angustia del lector, está conseguidísimo.

      Qué envidia quien pueda disfrutar de la lectura de Saramago: a mí me provoca acidez de estómago, como todos los seguidores de la apocalípsis en fascículos…

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    2. Quizás para intentar no llegar a esos extremos aunque sea desde nosotros mismos hay que plantearse ese futuro aterrador quizás algo cambie…
      Gracias Macalder un placer tenerte por aquí. Gracias cómo siempre por estar por tu tiempo, por párarte a comentar y aportar 😚😍

      Le gusta a 1 persona

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