Ruido: Una historia de psicosis

La fiesta había sido todo un éxito, o al menos esa era la sensación que tenía cuando desperté en mi cama al día siguiente con un terrible dolor de cabeza. La verdad es que recordaba más bien poco de la noche anterior, por lo que definitivamente había sido una buena fiesta.

Mientras iba despertando los recuerdos venían a mí en forma de ráfagas. Era la fiesta de despedida del instituto y nos juntamos varias pandillas para despedir los tiempos que jamás volverían. Siendo estudiantes de un colegio de bien, la gran mayoría pensaban ir a la universidad soñando con futuros brillantes de dinero y coches, a golpes de chupitos y brindis. Tal vez fuera producto del alcohol que, por primera vez en todo el año, me atreví a confesar mi carrera elegida. La respuesta fue unánime, los rostros de todos los presentes se giraron para mirarme desconcertados.
—¿Bellas artes? Estás loco, eso no tiene salida.
—Es lo que me gusta.
—¿Te gusta vivir bajo un puente? ya veo.
—Me gusta dibujar.
—Podrías estudiar arquitectura, así seguirías dibujando y ganarías dinero.

Después de aquella conversación poco más podía recordar, el resto de la noche era una cortina oscura de alcohol, luces de discoteca y roces atrevidos entre chicos y chicas. El dolor de cabeza se hizo más intenso al volver de los recuerdos y fue entonces cuando lo sentí por primera vez, un cosquilleo dentro del cráneo terriblemente molesto, un picor que no podía rascar. Lo atribuí a la resaca o a que tal vez me hubieran echado algo dentro de la copa, y traté de convivir con el cosquilleo como se asume el dolor tras una noche de alcohol barato.

Pero pasaron los días y las cosquillas no desaparecieron sino que fueron a más, llegando a convertirse en un hormigueo constante y perpetuo. Ese verano había encontrado trabajo en un bar de playa y el hormigueo no me dejaba trabajar.

A veces creía sentir un pequeño espasmo, algo agitándose dentro de mi cráneo, algo que me producía cosquillas, unas cosquillas infernales, parecían como unas diminutas patitas deslizándose entre mis neuronas.

No fue a mejor durante las siguientes semanas, el hormigueo ya no hacía sólo cosquillas sino que se había convertido en un zumbido y me estaba robando capacidad auditiva. Sonaba como esa avispa que se queda atrapada entre la ventana y la cortina. Me costaba escuchar a los demás, entenderles bien y llegó un punto en el que dejé de oír a la gente y me limitaba a asentir cuando algún cliente me pedía algo en el trabajo. Las jaquecas, el ruido… el maldito ruido… Empecé a entrar en estados de psicosis y en esa situación no me resultó difícil coger la baja y encerrarme en casa, traté de olvidarme del mundo pero el ruido estaba dentro de mí, no venía de la calle, y no había forma de librarme de él. Desesperado cogí un lienzo en blanco y traté de pintar para evadirme, pero era imposible, el ruido insoportable zumbaba en mi oreja y comencé a plantearme si tendría algún tipo de insecto dentro. ¿Puede una hormiga entrar por el oído y anidar en una cabeza? No, claro que no, la idea era estúpida, aunque ya no pensaba con claridad, no podía dormir y la falta de sueño me dificultaba distinguir entre delirio y realidad.

Una mañana desperté con la almohada empapada, el pelo, la oreja, todo estaba encharcado.

Extendí la palma de la mano y palpé, muy alterado, un líquido viscoso, blando, frío. Encendí la luz y allí estaban, sobre mi almohada, cientos de diminutas larvas arrastrándose entre las sábanas.

El ruido había cesado.

Fui al baño y me limpié el fluido verdoso que brotaba del agujero de mi oreja, lo hice muy despacio, contemplando mi rostro en el espejo. Ese era yo.

Ya no había ruido.

Regresé al cuarto, tomé mi paleta de colores y los lancé contra el lienzo.

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