Ansiedad.

Ahí estaba esa puerta. Imponente. Jan la observaba preguntándose cómo había llegado allí, miró hacia atrás y solo alcanzó a ver un estrecho hueco horadado en la pared del que no salía ni un ápice de luz. Escuchó atentamente, a lo lejos muy a lo lejos, captó un murmullo de voces, demasiado lejanas como para entender de qué hablaban. Volvió a mirar la puerta. Algo en su interior le decía que su única salida era cruzarla. Pero no tenía pomo ni cerradura.

Dio unos pasos hacia adelante y acercó la antorcha que tenía en su mano. Por un segundo se preguntó si la llevaba todo el tiempo, porque no lo recordaba. Movió la cabeza desechando cualquier rastro de duda y volvió a mirar la puerta. Estaba hecha de una madera maciza con relieves dorados, su dintel, de una especie de metal, tenía grabado una inscripción en un lenguaje que no reconocía. No sabía qué hacer.

Probó a empujarla, a veces la solución más simple es la correcta. Pero la puerta no se movió. Acercó entonces el fuego de la antorcha hacía los trozos de madera visible, pero solo consiguió que se ennegrecieran ligeramente.

De pronto la sala se llenó de polvo tras un ruido ensordecedor. Apuntó la antorcha hacia el agujero y vio que éste estaba tapado por una enorme piedra. Corrió hacia ella y trató de apartarla, era inútil, era demasiado grande y pesada.

Miró a su alrededor percatándose que estaba encerrado y que la única entrada de oxígeno era por aquella abertura que ahora se encontraba bloqueada. Su única salida era esa enorme puerta que no tenía ni idea de cómo abrir.

Se acercó a una de las paredes de piedra buscando algún resorte o alguna pista que le dijese cómo abrirla. En su interior le pareció notar una cuenta atrás cuyo final era su vida. Palpó cada palmo al que pudo llegar sin hallar nada que le ayudase.

El aire comenzaba a viciarse, Jan sudaba profusamente, en una mezcla de calor y adrenalina.

Desesperado pataleó la puerta como un niño pequeño en una rabieta, hasta que cayó sin fuerzas, quedándose de rodillas frente aquella mole que le separaba de la vida, su propia vida.

El calor de la antorcha que aún sujetaba con fuerza, le estaba quemando el rostro, pero no podía apartarla, la agarraba con la misma fuerza con la que te aferras a un clavo ardiendo para sobrevivir. Era lo único que le mantenía cuerdo, lo único que le parecía real de todo aquello, ese fuego crepitando a pocos centímetros de su cara. Permaneció postrado en esa postura mirando el chisporroteo del fuego largo rato, intentando vaciar su mente, apartando la angustia para poder pensar con claridad. Rebuscó en lo más hondo de su memoria, no lograba acordarse qué hacía allí ni cómo había llegado a estar encerrado en aquel lugar, trató de pensar en los libros que había leído, las películas que había visto, ¿cómo se escapaban los protagonistas de estas situaciones? No halló respuesta alguna, lo único que le vino a la mente fue una clase de química en la que el profesor explicaba cómo era posible el fuego “Para mantener una combustión necesitamos como mínimo 16% de oxígeno.” Acto seguido apagó la antorcha.

Jan estaba completamente a oscuras, empapado en su propio sudor, notaba como el oxígeno comenzaba a escasear, sus pulmones se contraían produciéndole un dolor sordo en el pecho, sus pulsaciones pasaron de ser tambores de guerra a leves latidos espaciados. Sabía que se moría, no podía quedarle mucho tiempo. Pensó en golpearse la cabeza contra la pared de piedra y acabar con la agonía, pero no tenía fuerzas para levantarse. Se preparó para lo inevitable.

Su mente empezó a recordar de pronto todos los momentos en los que se había sentido atrapado, todas las personas que le habían infringido dolor, la ansiedad que todo aquello le había provocado, su vida había estado marcada por ese sentimiento de ahogo constante impidiéndole vivir plenamente. Era curioso, que en ese momento, antes de abandonar su existencia, no sintiera ansiedad. Éste hecho le hizo sonreír internamente y desde lo más profundo de su ser fue perdonando a todo aquél que le causó daño alguno y sobre todo se disculpó consigo mismo.  Uno a uno les fue dando las gracias a todos, pues de todos había aprendido algo, de lo bueno y de lo malo. Y sintió paz. Sus recuerdos se fueron tornando luminosos, su memoria empezó a apartar las sombras y dejó ver esas imágenes de su infancia y juventud con claridad, parecía otra vida diferente a la suya. No sentía miedo ni dolor.

Jan estaba preparado para morir, sintió como el corazón se paraba, como el aire dejaba de entrar en sus pulmones, como su mente se vaciaba por completo, como su cuerpo se volvía liviano… entonces una luz cegadora traspasó sus ojos cerrados, oyó los goznes de la puerta girar y su rostro dibujó una amplia sonrisa justo antes de sentir un peso frío en su pecho que le aplastaba hacia abajo para luego subirle.

  • Lo conseguiste amigo. Aunque nos tuviste preocupados.- Una voz aguda se coló en sus oídos devolviéndole a la realidad.- El experimento ha sido todo un éxito.

Entre abrió los ojos y pudo distinguir a dos hombres de bata blanca a su alrededor, su mente se volvió clara, y recordó que estaba en un hospital, que se había sometido voluntariamente a una prueba psicológica y que por lo visto había salido victorioso.

  • ¿Cómo te encuentras Jan? – preguntó amablemente otra voz.
  • Con ganas de vivir.
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2 Comments

  1. Kativa, en primer lugar gracias por visitar mi blog. Hoy descubro el tuyo. Este relato me ha gustado muchísimo, tengo que reconocerlo, de verdad, cómo has llevado el ritmo, la tensión, con fluidez y con interés. Muchas gracias por tirar de mí hacia este tu sitio. Un fuerte abrazo.

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