Una mañana, una vida cualquiera.

Amalia era una anciana de ochenta y muchos años.
Tenía el pelo plateado, el poco que le quedaba, y nunca iba peinada. Vivía con una familia de varios miembros en casa, pero nadie la peinaba. Era normal, porque en esa casa todos tenían mucha prisa siempre y a Amalia no le gustaba molestar.
Así que no pasaba nada, ella iba con sus cuatro pelos blancos siempre despeinados, pero no le
importaba, aunque, a decir verdad, sí que los solía mirar cuando pasaba frente a un espejo.
No era muy bajita pero pesaba poco, con el tiempo los años nos consumen a todos y las desgracias del tiempo la habían dejado pequeñita, pequeñita.
“No como esas abuelas achatadas que veo por el parque”, pensaba ella a veces. Pero sí estaba
delgada y mucho más baja sin duda que en la adolescencia, cuando era varios palmos más alta y lucía el pelo siempre arreglado.
Así la había conocido Cecilio. Su galán.
Se habían casado y habían tenido 3 hijos. Luego ellos crecieron y se fueron de casa.
Y ella se quedó con su galán, su Cecilio. Llevaban una relación… pues como la de todos, discutían a veces y a veces sonreían. Comían los dos en silencio, de vez en cuando una frase.

  • ¿Decías algo?- preguntaba alguno a veces, y pronto se respondía- Ni hablaste.
    Habían pasado tanto tiempo oyéndose que se habían olvidado de escucharse.
  • ¿Sabes algo de los niños?
  • El mayor llamó ayer tarde.
    Después de comer no salían, luego cenaban, veían la tele un ratito y a acostarse. Pues eso, que llevaban una vida como la de muchas parejas que llegan a esa edad. Vivían tranquilos en su pequeño santuario. Hasta el día que Cecilio decidió irse.
    La sacaron de su santuario y se fue a vivir con su hija pequeña, el yerno y los dos nietos. Ella pensó que así vería a sus nietos crecer, pero los nietos no tenían tiempo para ella.
    Así que se movía protegida por su bata, siempre envuelta en una vieja bata blanca con dibujos azules,y moviéndose despacio para no molestar en aquella casa donde la gente caminaba rápido por el pasillo.
    Con el tiempo fue perdiendo movilidad, cada vez le costaba más caminar. Un día le pusieron en sus manos un aparato con cuatro patas.
  • Un tacatá, abuela. Pruebe… pruebe.- Le dijeron. A ella le pareció bien, porque ahora, en lugar de tener dos patas, que últimamente temblaban mucho, tendría seis.
    “Pero caminaré más despacio.- Pensó – y seguramente molestaré más cuando vaya por el pasillo, porque lo bloquearé y tendrán que esperar a que me mueva.”
    Así que decidió desde aquel día que caminaría menos aún y se movería menos aún, para molestar menos aún.
    Se sentaba en un rincón del salón, intentaba que fuese cerca de la ventana para observar a la gente que paseaba por abajo. Le gustaban sobretodo los días de lluvia, porque la gente abría sus paraguas y los veía correr. Le hacía gracia aquella imagen.
    A veces echaba de menos a Cecilio, los años que vivieron juntos en su santuario.
    Así fue, que una noche, Cecilio se le apareció en un sueño.
  • Arréglate que vengo a buscarte.- Le dijo su marido muerto.
    A la mañana siguiente cuando despertó estaba desconcertada. ¿Era un sueño? ¿Había tenido un sueño? ¿O era de verdad Cecilio?
    Dudó si decir algo, no quería molestar.
    Se miró al espejo, tenía los pelos despeinados, como siempre. Se puso su vieja bata.
    Cogió sus otras cuatro patas y escuchó los ruidos del pasillo. Parecía que toda la familia ya había terminado de arreglarse, así que salió y cruzó el pasillo para llegar a su rincón del salón, ahora que sabía que no molestaría a nadie empezó a reflexionar sobre el extraño suceso.
    “¿Sería Cecilio de verdad?”
    Estuvo un buen rato pensando, mientras miraba por la ventana. Ese día hacía sol y nadie llevaba paraguas.
    “¿Sería Cecilio realmente?”

“Arréglate que te vengo a buscar”. Le había dicho.
Su nieta pequeña entró en el salón, se había dejado el móvil encima de la mesa. Lo cogió, lo miró y salió de la habitación.
¿Cómo iba a pedirle a nadie en aquella casa que la “arreglase” si todos estaban siempre tan
ocupados?
Además, tenía el pelo fatal, llevaría mucho tiempo. Y ni siquiera tenía ropa, sólo aquella bata. Tendría que salir a comprar y hacía tiempo que sus seis patas no la llevaban más allá del parque al otro lado de la calle. Solía dar una pequeña vuelta por allí, saludando a las otras viejas que veía a su alrededor. Se entretenía adivinando si eran mayores o menores que ella, pero muy pocas veces se paraba a hablar con ellas. Casi siempre una frase corta, un comentario casual y “hasta luego… hasta luego.”
Así que decidió no decir nada.
Esa noche volvió a aparecer Cecilio

  • Arréglate que te vengo a buscar.
    La mañana siguiente, cuando despertó, lo primero que hizo fue mirarse al espejo.
    Cecilio tenía razón. El pelo estaba fatal. Sin color, sin forma, sin pelo a penas, porque tenía muy poco y siempre despeinado.
    Cecilio tenía razón. Fuese real o no aquello, llevaba muchos años ya sin arreglarse. Viendo siempre la misma imagen en el espejo, día a día más deteriorada.
    Se acordó de cuando allí aún había una mata blanca y despeinada de pelo.
    Esa mañana cogió sus otras cuatro piernas, abrió la puerta y cruzó el pasillo.
    Su familia estaba desayunando en la cocina.
  • Esta noche he visto a tu padre. Me pidió que me arreglase. Quiero que me arregléis y me compréis un vestido.
    Su yerno siguió viendo la televisión. Su hija la miró sin decir nada y siguió con sus tareas.
    Su nieto pequeño y su hermana desayunaban en la mesa frente a él. Ambos estaban mirando el móvil.
    Su nuera estaba en la encimera calentando una taza de café.
  • Que he dicho… -dijo subiendo un poco el tono- que he visto a Cecilio y me ha pedido que me arregle. ¿Qué no me oís?
  • Jajaja, a la abuela se le ha ido la perola- río su nieta mayor.
  • Mira a ver qué le pasa a tu madre- contestó su yerno mirando a su hija para que se callara.
    “Es normal, sueno como si estuviera loca”. Pensó Amalia. Pero era lo que había pasado y quería que la arreglasen.
    Ella explicó la historia. Lo explicó varias veces. No era muy difícil de entender. “He visto a Cecilio y quiero que me arregléis”. Pero ellos no lo entendieron. Pensaron que estaba perdiendo la cabeza. Que era una vieja y chocheaba.
    Aquella noche se durmió algo intranquila.
    Cecilio volvió por tercera vez.
  • Arréglate que vengo a buscarte.
    Aquella mañana se levantó convencida. Esta noche recibiría a Cecilio arreglada.
    Había pasado años en aquella casa, intentando no molestar.
    Por primera vez había pedido algo, una sola cosa.
    Allí no le interesaba a nadie.
    Cecilio lo había entendido desde el otro lado. Por eso había ido a buscarla durante tres noches. Sabía que ella ya no sería feliz en esta vida. Ya lo había hecho todo, Cecilio había vuelto para decírselo.
    Fue a buscarla para llevarle a la felicidad.
    Aquel día no calló, no cesó en su intento hasta que la arreglaron.
    Su familia, terminó cediendo ante su insistencia y la arreglaron. Le peinaron el pelo y le compraron un vestido.
    Así la encontraron al día siguiente en la cama.
    Sin vida.
    Tenía una sonrisa dibujada en la boca y agarraba el ramo de flores que había recogido aquella mañana en el parque.
    Aquel día había decidido saludar y hablar con todo el mundo…
    … pero sólo encontró a tres desconocidos, que pasaron a su lado con prisa, por que llovía.

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