La niña del ovillo rojo.

Érase que se era,
érase una vez…
… un ovillo rojo encima de una montaña.

En la misma pica estaba y de ahí no se movía.
Era un ovillo precioso, bien formado, redondito.
Con un color rojo brillante.
De fina lana entrelazado.

En este ovillo habitaba, una niña de grandes ojos.

Era su casa, su hogar. En él dormía acurrucada.
Lo limpiaba todos los días, lo cuidaba, y desenredaba.
Se ocupaba de su aspecto.
Mantenía su vivo color.

Y así pasaban los días.

Hasta que un viento gélido pasó por la montaña y, de un soplido, el ovillo agitó.

La niña, del susto, a sus cuerdas fuertemente se agarró,
y tanto las tensó, que dejó un pequeño hueco.

Por esa rendijita, entró una nueva luz.
Más directa y calentita.
Los ojos curiosos de la niña se asomaron al exterior.

Y el viento sopló otra vez, con fuerza renovada.

Se agarraron las manos nuevamente, a los hilos de la pared,
La abertura más grande se hizo.

Los ojillos miraron fuera y vieron que un precipicio la rodeaba.
La niña sintió miedo.
Se echó hacia dentro y cayó enredada entre las tiras del ovillo.
Y así permaneció un buen rato.

Decidida, se propuso arreglar el estropicio.

Intentó cerrar el agujero, pero si de un lado tiraba, por otro lado se abría.
Quedó, el interior de su casa, lleno de nudos y huecos.
Ya no era un ovillo redondo, ni confortable, ni hermoso.
Si el viento volvía a soplar, caería al precipicio.

Convencida de este hecho, empezó a deshacer la madeja, tirando bien de los hilos, descomponiendo su ovillo. Qué tristeza destrozarlo, pero seguro ya no era.

Cuando la tarea terminó y se vio fuera, una extraña sensación notó, al verse en el exterior, se sintió confusa y pérdida.

Un escalofrío recorrió su espalda, haciéndola tiritar.
Pensó en hacer una hoguera con la lana y entrar así en calor,pero si la quemaba
ya más nada podría hacer.

Tejió una manta y se cobijó bajo ella.
El aire volvió a insistir, sopló de nuevo y la destapó.

Nerviosa y preocupada la niña, dio vueltas por encima de la pica.

¿Qué pretendía ese viento maldito?

Miró a todos lados buscando una solución, y enfrente alcanzó a vislumbrar
otra montaña aún más alta, cuya cima por un árbol estaba coronada.

Resolvió que hasta allí debía llegar, para mantenerse a salvo.

Cogió el ovillo y lo trenzó para crear una cuerda, de nada esto sirvió,
porque al árbol atarla no podía.
Fabricó entonces una escalera pero era endeble y blandita, tampoco la pudo usar.

Se sentó la niña a llorar presa de la desesperación,
miró la lana moverse y una idea se formó en su cabeza.
Ya sabía qué hacer para ayudarla en su huida.

Tejió y tejió sin descanso un par de hermosas alas.

Cuando hubo terminado, orgullosa de su labor, se puso sus alas rojas
y al precipicio se acercó, esperando que el viento volviera a soplar.

Cuando sintió que la corriente venía, cerró los ojos y saltó.

Voló alto y llegó lejos impulsada por el viento.

Su ovillo ya no era redondo, pero su esencia era lo importante,
se transformó en alas que la llevaron a lugar seguro.

En la copa del árbol se posó y nunca más miedo tuvo.

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