Normal: Hinocencia

Normal Parte I: Biografía de Bruno
Normal Parte II: Biografía de Ana

Era una tarde normal, una tarde como otra cualquiera. Bruno estaba en la esquina de su calle contemplando el mundo.

Últimamente pasaba cada vez más tardes en aquella esquina, observando a las gentes que pasaban con prisas y ceños fruncidos mientras reflexionaba sobre la vida. Sus compañeros de parque habían dejado de bajar por el tobogán y ya no jugaban a la pelota, ahora en cambio, se iban con chicas, se sentaban en bancos y, a veces, se daban la mano.  A Bruno todo aquello le parecía aburrido, aunque en verdad en su interior se despertaba también cierta curiosidad.

Esa tarde se había propuesto comprobar de qué iba todo aquello de darse la mano con las chicas así que se plantó en su esquina de siempre con el brazo extendido, sonriendo a todo aquel que pasaba y, en especial, a las chicas.

A esa hora de la tarde había mucha gente en la calle. Se cruzaban con Bruno, unos se apartaban algo asustados al chocar de improviso con su brazo, otros le miraban con desconcierto y algunos pocos lo hacían con condescendencia. Hasta que, por fin, una chica joven se paró  delante de él sin verle.

-¡Hola! – dijo él esbozando su más sincera sonrisa y estirando la mano un poco más.

Cuando ella se percató de su presencia, respondió sacando el móvil del bolso y colocándolo en la oreja y, con una sonrisa de disculpa, se alejó señalando el teléfono. Había estado cerca de su objetivo. Incluso había sentido cierto hormigueo en el estómago cuando la chica se detuvo y le miró. Eso le animó a seguir y llegar hasta el final de todo aquel misterio.

A las dos horas esperando, el brazo le empezó a doler, notaba un hormigueo en los dedos y la sonrisa de su rostro comienzó a menguar.

-¿Qué haze eze, papá? – Un niño sin los dientes delanteros le señalaba.
– No lo sé y no te importa, y dame la mano que hay que cruzar- el padre agarró fuerte a su hijo y cambiaron de acera antes de llegar a su esquina.

Empezaba a estar confuso y cansado, ya no tenía ganas de seguir ahí y de pronto se sintió triste y quiso irse a casa. Estaba a punto de rendirse cuando sintió un tirón en el brazo.

-Buenas tardes señor. Así se saludan los mayores.- Era una niña, se reía mientras le sacudía el brazo – Ahora tú tienes que responder, buenas tardes señorita, porque no estoy casada, si no dirías buenas tardes señora.

Se quedó paralizado, quería hablar pero no podía, solo miraba el rostro sonriente de la pequeña niña que le cogía la mano.
-¡Vamos dilo!
– No estás casada- alcanzó a balbucear y ella estalló en una carcajada.
– ¿Cómo voy a estar casada? No llevo anillo ¿Ves? –respondió levantando su mano derecha.
– ¡Ah!
– ¿Estabas jugando a saludar? ¿Es divertido? ¿Puedo jugar contigo? Me llamo Ana – Bruno se encogió de hombros. – Ya… ¿quieres jugar a otra cosa
– ¿A qué?
– No sé
Sus manos se soltaron y por un instante, no sabría decir si muy largo o muy corto, se hizo el silencio.

– ¿Te gustan los videojuegos?
– Algunos…
– A mí algunos también
– ¿Y los juegos de mesa? Me trajeron uno los reyes muy divertido, es de formar palabras.
– No sé cual es

Así fue que la pareja comenzó a caminar por la calle hablando de juegos y un montón de otras cuestiones importantes que sólo ellos podían comprender. La pequeña le tomó de la mano.

De pronto, cuando se había olvidado de buscarlo, había logrado su objetivo, una chica le cogía de la mano. El hormigueo en su tripa volvió, más fuerte, y no sabía discernir si le agradaba o le asustaba. Todo se movía muy deprisa a su alrededor, o muy despacio, su mano empezó a sudar y entonces el sonido de la risa de Ana le trajo la calma. Ella seguía hablando distraída y caminaba sonriente y él la seguía sin soltarla de la mano, ¿o era al revés?

Se movían contra los transeúntes, los coches, las señales, todo avanzaba en el sentido opuesto. El mundo iba en una dirección y ellos en otra.

Pasaron junto a un hombre de traje y corbata que no les miró porque iba centrado en su móvil con la cabeza agachada. Se sentía como si fueran en una burbuja hasta que algo le rozó la pierna, de pronto se vio atrapado y estuvo a punto de perder el equilibrio y caer al suelo. Se había enredado en la correa de un perro, lo que obligó a su pareja a soltar la mano y romper a reír de manera incontenible. En el colegio le sucedían a menudo este tipo de situaciones y el resto de niños solían reírse. Normalmente no le importaba, pero en esta ocasión escuchar la risa de Ana le producía una extraña sensación, le gustaba y le tranquilizaba. Un grupo de estudiantes que salían del colegio les rodearon, entre risas, burlas y juegos propios de los primeros coqueteos adolescentes.

Sin embargo, la gran mayoría, cuando pasaba junto a la peculiar pareja, les miraba con sorpresa, les seguían con los ojos durante un trecho hasta que se cruzaban y desaparecían a su espalda. ¿Qué pensaban? Eso Bruno no lo sabía, ni le importaba, todos sus pensamientos estaban puestos en la pequeña Ana, el corazón le latía con fuerza, era algo que le solía pasar cuando corría. Así, en una carrera, se detuvieron frente al portal. El portal de Bruno.

Ella seguía hablando de juegos. Algunos los conocía porque eran los mismos que él tenía en su habitación, otros eran completamente nuevos y sonaban emocionantes. Pensó que quizá podrían subir a su casa a jugar y entonces un sudor frío le recorrió el cuerpo. Se sentía emocionado y asustado, todo lo que estaba sucediendo era algo completamente nuevo.

Llamó al timbre, no contestó nadie. Tenía las llaves de casa, sus padres se las habían dado no hace mucho para demostrarle que ya era mayor, una prueba de responsabilidad.

Quería subir a la habitación con Ana, pero algo le asustaba. Estaba jugando con las llaves en su bolsillo cuando sonó un chasquido.

Era el sonido de la cerradura del portal abriéndose, del interior surgió una pareja, dos vecinos de avanzada edad, les miraron de arriba abajo, con la misma sorpresa que habían mostrado antes los transeúntes.

– ¿Qué haces Bruno? -dijo la vecina en un tono muy parecido al que utilizaban sus padres cuando le explicaban algo que no estaba bien hacer. Bruno soltó la mano de la niña, ni siquiera lo había pensado, fue un impulso, algo en la mirada de aquella mujer le decía que estaba haciendo algo mal. ¿Pero qué era? –  Se lo voy a decir a tu madre. No me parece muy normal, ¿eh?

La mujer se mostró satisfecha al ver que sus palabras habían causado la reacción esperada, Bruno soltó la mano de Ana.

La pareja de vecinos se fue dejando atrás el portal y a los dos niños. ¿A qué se refería con “normal”? Seguía pensando en lo que acababa de suceder, no entendía las palabras, pero sí había comprendido perfectamente la mirada de culpa que le había lanzado. Había recibido toda la culpa de esos ojos y ahora trataba de comprenderla, pero la única respuesta que obtuvo fueron unos dedos cálidos que le volvían a tomar la mano. Era Ana.

– ¿Entonces jugamos?

Así cruzaron el portal, subieron en ascensor, entraron en casa y se metieron en su habitación.

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