MUÑECA

No sé cuándo me di cuenta, ni qué fue exactamente lo que hizo que se me abrieran los ojos, no recuerdo el día, ni la hora, pero sí recuerdo dónde estaba y que estaba haciendo, y sobre todo recuerdo la sensación, la horrible y angustiosa sensación que se apoderó de mí de improviso e hizo que los acontecimientos se precipitaran sin remedio.

Me encontraba en el baño, limpiando. Realizando la tarea como todos los días, autómata, mecánica, silenciosa. Procurando no hacer ruido.

Cuando de pronto, un bicho me picó en la cara produciéndome un dolor agudo que me hizo moverme impulsivamente dirigiendo mi mano derecha hacia el lugar de la hinchazón y con este gesto hice caer al suelo el espejo de aumento de la repisa.

Se rompió en varios trozos geométricos, puntiagudos y de bordes angulosos, pero no saltó en mil pedazos, se cayó y se rompió sin apenas moverse de su sitio, de su forma.

Me agaché a recogerlo y me vi, mi rostro en ese espejo rajado, devolviéndome una cara igualmente cortada, trozos de piel y huesos resquebrajados, ojos separados de mirada apagada, un rostro de Picasso.

Oí tus pasos veloces por el pasillo, pasos que avisaban de tu enfado.

  • ¡Por Dios! ¿Qué has hecho esta vez? ¿Cuántas veces te he pedido silencio? Necesito estar tranquilo para poder concentrarme en mi trabajo.
  • Lo sé, lo siento- dije en un susurro-. El espejo se cayó.
  • Pues ya sabes, ya tienes siete años de mala suerte, torpe y gafe, espero que no me influya que mañana tengo la reunión y…
  • Lo sé, no te preocupes no creo que sea contagioso.
  • Vaya hoy estás graciosa. Recógelo pronto no se vaya a cortar alguien. Me vuelvo al despacho, y por favor procura, por lo que más quieras, no hacer más ruido.

Te escuché refunfuñar mientras te alejabas. El golpe de la puerta del despacho al cerrarse.

Recogí uno a uno y con cuidado los trozos del espejo, y los deposité en la papelera.

Fue entonces cuando me invadió esa sensación, noté como me ardía la piel, como se me encogía el pecho, un grito se ahogó en mi garganta y las lágrimas se amontonaron en mis pupilas. Con un brazo me rodee el vientre y con el otro tapé mi boca.

Por unos segundos no logré respirar. Y me asusté. Tambaleando llegué a la cocina, abrí la ventana dejando que el frío de Febrero penetrara por todos mis poros, cambiando un temblor por otro.

Intenté serenarme, seguir con mis tareas pero una idea no se iba de mi cabeza.

¿Podría la mala suerte ser retroactiva? En unos días, sería nuestro séptimo aniversario, siete años… ¿o podría tal vez un acto supersticioso mutarse en positivo al multiplicarse con otro hecho negativo?

Mi mente viajó al pasado, a aquel primer día en que nos habíamos tropezado en la biblioteca de la universidad, los libros cayeron al suelo y nuestras cabezas chocaron al recogerlos. Entre tus textos estaba “Casa de muñecas” de Ibsen. Me sorprendió.

  • Soy compositor y me han encargado que escriba la música de esta obra.

Me enamoré al instante. De tus ojos verdes, de tu voz profunda y sobre todo de la sensibilidad que te otorgué al escribir música. Desde ese día, te veneré. Viviendo a la sombra de tus composiciones, apoyando cada acto, siendo la mejor compañía. La muñeca que agarras de la muñeca.

 En cada nota que creabas yo veía perfección y armonía, tapaba así las palabras que en nada se parecían a tus obras. Me convertí en un papiro de tus borrones.

De pronto, lo vi tan claro todo. Como si hubiera salido fuera de mí, y pudiera verme con los ojos de otra persona. Supe al instante lo que debía hacer.

Lo más extraño de todo, es que no sentí nada, ni miedo, ni alegría, nada.

Terminé de hacer las tareas, con tranquilidad, preparé la comida y puse la mesa para uno, en el plato te dejé una nota “Adiós. Nora.” Me pareció que firmar con su nombre cerraba bastante bien nuestro capítulo, ya que con ella había comenzado todo y así lo entenderías.

Y me fui sin pena ni gloria, cerrando la puerta despacio como hizo ella al final de la obra, pero con la certeza, de que el espejo roto se quedaba con la imagen de la muñeca dejándome a mí, mi rostro de mujer.

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