Plan B: Parte II

Leer parte I

Me licencié con honores y empecé a buscar trabajo. Encontré un anuncio de vacante en una empresa de marketing. Me contrataron como auxiliar administrativo, empezar poco a poco y desde abajo. Lo chocante fue que tuve que presentarme como chica, pero procuré no darle mucha importancia, este hecho hacía que me afianzara más en mi decisión. En la empresa había tres hombres y una mujer. Los hombres iban a reuniones, a cenas de empresa, trataban con los clientes… mi compañera y yo atendíamos las llamadas, preparábamos las reuniones y archivábamos los papeles. El trabajo que allí se hacía me gustaba, la creatividad que hacía falta para los proyectos, el trato con los clientes… Pensé que cogia el telefono por la falta de estudios y de experiencia, así que me apunté a todos los cursos que pude, informática, inglés, marketing… tratando de formarme lo máximo posible.

Las cosas marchaban bien, estaba esperanzado con mi futuro, la psicóloga había aprobado por fin mi tratamiento. Empezaría a hormonarme y en dos años podría optar al cambio. Al poco, uno de los hombres dejó el puesto y me decidí a probar suerte. Mi jefe muy educadamente me dijo que lo sentía, que estaba contento con el trabajo que hacía, que no desesperara, que necesitaba prepararme más y quizás algún día, quién sabe…

– Claro, tienes que entenderlo – me explicó – este puesto exige mucha dedicación, cenas, viajes, tratos con clientes, noches de hotel, y bueno… si algún día quieres ser madre… supone mucho sacrificio.

Ese mismo día me despedí del trabajo.

Hablé con mi psicóloga sobre el suceso, me sentía abrumado, rabioso, triste… ella me dijo que las mujeres no lo tenían fácil. ¡Pero yo no era una mujer!

– Para el resto de los ojos … sí – contestó con un duro golpe de realidad.

Mi DNI decía que lo era, que era hembra y me llamaba María Dolores. No importaba cómo me vistiera, cuando recibían mi curriculum leían mi nombre y lo ponían en la bandeja de las mujeres. Esto me llenó de desesperanza y frustración. Sentía un dolor en el pecho indescriptible, por una parte sentía pena por las mujeres, por la injusticia de las costumbres establecidas, por arrinconarlas y clasificarlas sin leer más allá de su nombre… Y por otro lado, cómo explicar al mundo que yo era hombre, cómo explicar que yo no era el nombre del DNI. Que yo, ni nadie, son unos genitales. Que yo soy mis actos, mis estudios, mi responsabilidad, mi trabajo, que yo soy persona.

– Aunque te duela, te acabas de expresar como una mujer – concluyó ella.

Salí de allí confuso. Quedé con Anabel para ir a emborracharnos, ella me dijo lo mismo que mi psicóloga, me contó que cuando ella era hombre la gente se comportaba de otra manera, incluso cuando pensaban que era ‘marica’ o travesti, pero que ahora que era mujer la trataban de otra forma.

– Tú también notarás el cambio. A las mujeres se las trata con más cuidado, como a niños pequeños, no se las suele escuchar su opinión y si se convierten en mujeres fuertes, con éxito, abandonan su esencia. Se portan mal con las otras mujeres subordinadas, las exprimen y exigen más. Las mujeres aún se ven como madres, enfermeras, cuerpos, distracciones… jarros huecos – las llamó-. Y esta visión no es sólo de los hombres, las propias mujeres son, muchas veces, las que ensalzan a los hombres por encima de ellas mismas. Si no es fácil ser mujer, aún peor ser una mujer transexual, o un hombre transexual… Se llevan lo peor de los dos mundos – me dijo con una sonrisa triste mientras apuraba su copa-. En casi 100 años, desde que se consiguió el voto femenino, no ha cambiado la vida casi nada. Las mujeres siguen preparándose más, esforzándose más. Han conseguido trabajar en puestos de hombres, pero siguen trabajando en casa también, se las sigue mirando por encima del hombro, cobran menos por ejercer los mismos puestos… Creían que habían conseguido mucho, pero lo que lograron fue echarse más encima, ponerse más cadenas – no dejaba de hablar, como si se estuviera purgando de algo, o quizá fuera el efecto del alcohol que aceleraba sus pensamientos. Yo no podía dejar de mirarla, absorto, mientras trataba de poner alguna explicación a esta trampa de etiquetas que rige el mundo- Muchas mujeres quieren ser hombres, pero no como tú – continuó al tiempo que sacaba un cigarrillo de su pitillera y lo encendía-, sino compararse a ellos, ser como ellos sin tener en cuenta su propia naturaleza -las palabras exhalaron de su boca mezcladas en una espiral de humo -, su propia genética. Se las juzga y se juzgan a ellas mismas con otro rasero, cruel en muchos casos. Cuando yo decidí convertirme en mujer muchas personas me preguntaron si estaba completamente segura. Se echaban las manos a la cabeza, más que por mi condición, por mi decisión – soltó una gran risotada y pidió otra copa.

La conversación con Anabel me dejó mareado, confuso, y no era solo por el alcohol… Yo no era una mujer al uso pero podía entenderlas, entender la discriminación, entender que la gente decía tratarte igual, pero no era así. No era una mujer pero en cierta forma me sentía como ellas. Después de esta revelación, y el primer chasco laboral, decidí buscar un trabajo más sencillo, donde el sexo no marcara gran diferencia.

Volví al videoclub y me centré en prepararme para el cambio, que era lo que más me importaba en ese momento. Acudía a reuniones, realizaba infinidad de test con la psicóloga, me tomaba las hormonas estrictamente, hablaba con mi familia. Anabel era mi gran apoyo, me tranquilizaba, hacía que me mirara al espejo, me acompañaba al gimnasio donde desahogaba toda la frustración acumulada durante años… Y cuando veía que ya estaba agotado, me hacía parar y me acompañaba a casa. No me dejó solo ni un momento durante esa etapa.  

Una semana antes de la operación apareció de improviso en mi casa, tenía la cara desencajada, lloraba, daba vueltas, se sirvió dos copas de vino seguidas y se fumó tres cigarrillos. Yo la dejaba hacer hasta que por fin se sentó. Me cogió las manos y me dijo que tenía que hablar conmigo, que tenía que pedirme algo importante, no sabía cómo decirlo… Le contesté que lo dijera sin más, me estaba asustando. Y lo soltó, quería que le diera uno de mis óvulos… me dejó de piedra.

Nunca me había visto como una mujer fértil, es más, es que yo no era una mujer, ella nunca me había tratado como tal. Pedirme eso era, era una abominación, era un insulto a todos nuestros años de amistad, era… era posiblemente la decisión más difícil a la que me había enfrentado nunca. Se puso a llorar pidiéndome perdón, entendiendo lo que tenía que ser escuchar eso de su boca, pero solo yo la comprendería, ella era mujer, con genitales de mujer, nombre de mujer en el dni… Pero lo que la haría ser mujer por completo era ser madre. Lo deseaba tanto, como yo no serlo, no se le ocurría otra persona a quien pedírselo. No quería que su futuro vástago tuviera otros rasgos que no fueran los míos. Me contó que ella antes de la operación había congelado semen, así podría tener un hijo en cierto aspecto biológico. ¡Cómo lloraba! Yo estaba horrorizado pero no podía hacer otra cosa que abrazarla y prometerle que lo haría. No se lo conté a nadie, fui sola a una clínica especializada y allí me extrajeron el óvulo. Cuando salí, llamé a Anabel, le dije que ya estaba hecho, que no hacía falta que viniera a casa, que quería estar unos días solo, que necesitaba pensar antes de mi cambio. Anabel me dijo que lo entendía, que allí estaría cuando la necesitara, la oí llorar antes de colgar.

Y por fin llegó el día de la operación. Me acompañaban mi madre y mi psicóloga. Antes de empezar, el médico me hizo firmar un montón de papeles con un montón de cláusulas. Asustaban un poco, pero me explicaron que eran meros trámites burocráticos. Luego me prepararon para la operación. Fuera escuché la voz de Anabel, hablando con una enfermera, no quería verla pero me tranquilizó saber que estaba. Me bajaron a quirófano y allí me volvieron a preguntar, una vez más, si estaba seguro, me acordé de la conversación con Anabel y contesté que estaba seguro al mil por mil.  Cerré los ojos y recé, mientras me ponían la anestesia, recé a ese Dios al que hablaba de pequeño, pidiéndole que por favor me dejara ser lo que yo era en mi interior. Ya no recuerdo nada más. La operación duró doce horas.

Tardé en despertarme, sediento y dolorido. Ahí estaba mi médico, con una gran sonrisa, y mi psicóloga con las manos entrelazadas en forma de victoria. Alcancé a decir un simple hola, intenté incorporarme, pero el médico lo impidió, me dijo que no fuera tan rápido, que antes tenía que hacerme unas preguntas y hacerme algunas pruebas, mi psicóloga sonreía. El médico comprobó mis constantes, me auscultó, me tomó la temperatura, comprobó mis reflejos… y cuando terminó me dijo que estaba todo bien, que me recuperaría pronto. Le miré y le pregunté en un susurro si estaba seguro que todo estaba bien, que si ya era… Él sonrió y me dijo que ya era todo un hombre, con genitales masculinos. Después de treinta y tres años, después de todo lo pasado, aquellas palabras me sonaron a música celestial. Aún no podía verme, no podía palparme, aún quedaba mucho por delante… pero ya era un hombre de cuerpo entero. Lloré como hacía tiempo que no lo hacía, lloraba para borrar el pasado y lloraba de felicidad por el futuro. Cuando conseguí serenarme pregunté por mis padres, la psicóloga me dijo que fuera estaban esperando mi madre y Anabel, que si las hacía pasar… le contesté que pasara solo mi madre.

Pasaron ocho meses desde la operación, con muchas horas de postoperatorio, de reuniones, de citas con la psicóloga, de charlas con mi familia, me quedaba horas embobado delante del espejo mirándome, empecé a afeitarme, a ir de compras, hablaba con otros transexuales, volvi a nacer y tenía que aprender otra vez nuevamente todo. Era más difícil de lo que había imaginado y Anabel no estaba ahí, conmigo, para compartirlo, yo la había desterrado de mi vida. Una noche que vagaba perdido en mis pensamientos me di cuenta que estaba cerca de su casa. Me armé de valor y me encaminé hacia la puerta. Llamé al timbre nervioso, no sabía cómo iba a reaccionar, me entró el pánico y estuve tentado de echar a correr. Pero la puerta se abrió. Cuando me vio, ahí plantado, soltó la taza que llevaba en las manos y me abrazó con ilusión. Me hizo pasar y me hizo millones de preguntas, se reía y lloraba al mismo tiempo, se levantó tres veces a la cocina preguntándome si quería algo cada vez. Estuvimos hablando hasta el amanecer, me sentía pletórico. Y de pronto, sin más, me acerqué a ella y la besé. Ella respondió a mi beso. Noté como se dibujaba una sonrisa en sus labios, sentí como iba creciendo en mí la pasión… entonces Anabel se apartó bruscamente, yo me sentí avergonzado, quise disculparme pero ella me mandó callar, me incorporó y comenzó a desnudarme suavemente, besando cada palmo de mi piel. Sentí enloquecer. Luego se desnudó ella y me enseño a hacer el amor. Fue la noche más desastrosa y mágica de toda mi vida. No hubiera querido que fuera de otra manera ni con otra persona. Anabel era la pieza que me faltaba. Ella siempre lo supo, pero yo había necesitado demasiado tiempo para darme cuenta que la amaba, que estábamos hechos el uno para el otro. A los pocos días nos fuimos a vivir juntos. Mi vida empezaba por fin a ser una vida completa. A ser la vida que siempre había querido. Pero me quedaba un asunto por resolver, una espinita que tenía clavada desde hacía tiempo. Una mañana me desperté muy seguro de mí mismo, me dirigí a mi antiguo trabajo y pedí reunirme con el jefe. Le dije que no sabía si había una plaza vacante pero estaba muy interesado en trabajar allí, elogié el trabajo que realizaban, su buena gestión y le entregué mi curriculum. Había dejado  los datos personales y la experiencia laboral para el final, para que empezara a leer por mis estudios y capacidades. Según leía iba asintiendo con la cabeza, alabando mis aptitudes y formación, diciendo que estaba seguro que encajaría perfectamente en el puesto, yo sonreía… y entonces leyó mi nombre, me miró, volvió a leer, volvió a mirarme, balbuceó algo, no le entendí, ya estaba cerrando la puerta de su despacho.

Me fuí de ahí sabiendo que había hecho bien, le había dado una lección.

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