EL ÚLTIMO ESPEJO.

Amanda estaba sentada en frente del espejo de su tocador, en su habitación, esa habitación que habilitaron para ella, el espacio de su memoria, su refugio del recuerdo. Su vida, cabía en escasos metros, una cajita de cuatro paredes.

Miró hacía la derecha a la ventana del mundo exterior, la luz de las farolas se filtraba entre los huecos de la persiana, esa luz artificial que permitía ver en la oscuridad, miró a la izquierda hacía su armario abierto, el mundo material, lleno de cajas y ropa ya anticuada, luego se miró al espejo escudriñando su rostro, pensó que no parecía ella, una cara arrugada y blanquecina, se soltó el pelo y lo sacudió, cerró los ojos y sintió su melena al viento, aquel pelo que había peinado, trenzado, sujetado, teñido, cortado…suspiró mientras pasaba el peine por lo que le quedaba de pelo, abrió los ojos y se centró esta vez en su mirada, era lo único que aun la recordaba a ella misma, más apagada pero ahí, si mirabas bien, ahí dentro estaba ella, su mirada, cuantas cosas había visto y sentido a través de esos ojos que ahora la devolvían una mirada casi vacía.


Se incorporó lentamente mirando poco a poco su silueta, de frente, de espaldas de perfil, se tocó la piel suave pero formando pequeños montículos, se dejó llevar por unos segundos y su cabeza la llevó a los
brazos de Fernando sintiendo su calor, rodeándola, respirándola… su abrazo se convirtió poco a poco en una cuna, aspiró el olor de los bebes que había mecido, hasta que sus brazos se abrieron cayendo a plomo, sus manos sobre sus piernas, su respiración se convirtió en un sollozo.

Se tambaleó y volvió a sentarse despacio frente a frente consigo misma, la imagen que era en ese momento.

Apartó la vista de sí y vio en ese espejo, su cama, su mesita, la foto de boda, la foto de los nietos, el tocadiscos y su vasito de agua.
Empezó a reír, a oír su propia risa y se miró y se vio hermosa, niña, joven, esposa, madre, abuela, mujer…

Se acarició el rostro dibujando cada línea, sintiéndose completamente en su plenitud. La imagen de una mujer con un rostro vivido, una mano arrugada recorriendo su piel y un reloj anticuado marcando una hora.

Volvió a recorrer con la mirada esa habitación, sus paredes, sus muebles, la ventana, el espejo, el armario…se levantó y se dirigió hacia él, rebuscó entre las perchas, sacó un vestido y se acercó a la puerta, la abrió , se paró, dejando que la mujer del espejo la viera, apagó la luz y salió.


Amanda no sintió miedo, ni deseo, ni pena, ni alegría. Estaba iluminada y en calma, esperando a que llegue y le de caza lo inevitable. Estaba preparada para dar el último paso.

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