INSTINTO ANIMAL

Ahí estaba otra vez ese cuadro sobre el fondo de su pantalla de ordenador “El caminante sobre mar de nubes” de David Friedrich.  Ese cuadro la inquietaba para bien y para mal. No sabría decir exactamente en qué pensaba ese hombre.

  • ¡Gírate!-le gritó.

Si pudiera verle el rostro quizás adivinaría sus pensamientos y dejaría de aturdirla esa imagen. Un hombre sobre un risco al borde del mar, mirando al infinito, en su mano porta algo que bien pudiera ser un bastón o una espada. ¿Es esperanza? ¿O es muerte?  ¿Se querría suicidar? ¿Vendría de matar a alguien? No le cabía en la cabeza cómo alguien podía arrebatar una vida ya fuera la propia o ajena. Esta cadena de pensamientos la comenzaba a agobiar. Apagó el ordenador y se fue al salón a ver la tele.

Era descorazonador la programación pusiera el canal que pusiera todo eran gritos e insultos, daba igual las noticias que un programa del corazón, uno de entrevistas o un documental, violencia es lo único de lo que se hablaba, odio, peleas, guerra, muertes…Decidió que mejor se iba para la cama, hay días en que lo mejor es dormir y esperar a que amanezca.

Un ruido la sobresaltó en mitad de la noche cómo pequeños golpecitos. Aguzó el oído, alguien acababa de entrar en su domicilio. Escuchó la puerta abrirse y cerrarse lentamente emitiendo su chasquido de enganche. Se le cortó la respiración al momento mientras su corazón bombeaba sangre a toda velocidad. Alargó la mano hasta la mesita buscando el móvil, no estaba, la imagen del teléfono encima de la mesa del comedor pasó fugaz por su mente.

Echó una mirada a su alrededor en busca de alguna forma de esconderse o de huir. Dirigió su vista hacia el armario, desechando la idea con rapidez, miró la ventana, no podría escaparse por ahí, vivía en un séptimo piso, pensó en que quizás podría simplemente gritar y alertar a alguien pero eso descubriría antes su presencia, acelerando el curso de las cosas, que si bien el intruso podía irse al descubrir alguien en la casa o… no quería averiguar tan pronto qué clase de persona estaba allí.  Decidió hacer lo más lógico y estúpido, lo que sale en todas las películas, lo que hacía cuando era pequeña, meterse debajo de la cama.

Los pasos se aproximaban hacia el cuarto. Salió de debajo de las mantas con toda la templanza que pudo, la estiró con cuidado haciendo parecer que no se había tocado aún, recogió la ropa que llevaba y que estaba tirada encima de la silla y se deslizó bajo el somier. Se hizo bola pegándose todo lo posible a la pared del cabecero y trató de controlar su respiración. Al final las clases de yoga le habían servido para algo.

El pomo de la puerta giró y se abrió lentamente dejando entrar la luz del pasillo, unas botas de montaña entraron en la habitación. Ella se contrajo más sobre sí misma, tapándose la nariz y la boca con la mano. Vio como los pies buscaban por el espacio, fueron al armario, a la ventana y por último se acercaron a la cama, su punta traspasaba la colcha. Ella sintió como el sudor recorría su espalda y su sien, apretó sus rodillas contra su estómago apretando la vejiga, le entraron ganas de ir al servicio. De pronto un peso hizo que el colchón bajara levemente, el hombre se había sentado en la cama. El miedo la tenía agarrotada, las uñas de sus dedos estaban completamente clavadas sobre la palma de sus manos.

  • ¿Dónde podrá estar? Quizás me equivoqué de piso…- dijo una voz profunda, ella intentó guardar ese tono en su mente, tratando de averiguar si le sonaba, si era de alguien que conociera-. Por suerte aquí no había nadie, mejor me voy antes de que me pillen.

Dicho esto se levantó y salió. Oyó como los pasos se alejaban, la puerta de entrada volvía a abrirse y cerrarse emitiendo el mismo sonido.

El corazón de ella seguía latiendo con fuerza. Aguardó en la misma postura unos interminables minutos, rezando para que no regresara, luego poco a poco comenzó a estirarse sintiendo el dolor en los músculos por la tensión recibida. Se arrastró por la alfombra y se incorporó con cuidado. Notó una humedad entre sus piernas, se había meado sin siquiera darse cuenta.  De puntillas y aún con el aliento entrecortado salió del cuarto, caminó por el pasillo a oscuras pegada a la pared notando el frío en la piel, las rodillas le temblaban pero tenía que llegar al salón, recuperar su móvil y llamar a la policía. Antes de llegar miró al frente buscando si faltaba algo o, peor, si detectaba alguna sombra humana. Todo estaba en calma y a primera vista no echó nada en falta. No habían venido a robarla o al menos no a ella.

Se acercó a la mesa despacio y agarró el teléfono.

  • Yo no haría eso -la voz salió del saliente de la entrada. Ella sintió como se le congelaba la sangre, la respiración, estaba petrificada en el sitio, no podía siquiera gritar-. ¿Creías que no sabía dónde estabas? ¿Debajo de la cama enserio?- Soltó una gran carcajada.
  • ¿Qui…én eres? ¿Qué qui…eres?- alcanzó a preguntar, la saliva se le secaba en la boca.
  • ¿No lo sabes?- Su rostro dibujó una aterradora sonrisa.
  • Estoy llamando a la policía.- Intentaba marcar pero los dedos no la respondían.

Un golpe la tiró al suelo, su cabeza chocó contra el parqué haciéndola retumbar por dentro, el cuerpo del hombre estaba encima de ella, su aliento invadía todo su espacio. Se retorció debajo de él moviendo las piernas y la cadera tratando de escurrirse, su rodilla chocó contra los genitales. La mano de su atacante la propinó una sonora bofetada, volvió a golpearle haciendo que no tuviera más remedio que agarrarse sus partes en un acto reflejo. Se apoyó en los codos y consiguió zafarse echando a correr hacia su cuarto.

Cerró la puerta de golpe y se apresuró a poner la silla delante para bloquear el pomo. No aguantaría mucho. Dudó si mover la cama o llamar pidiendo ayuda. Las zancadas del hombre ya resonaban en el pasillo. Optó por lo segundo, marcó el número, del teléfono salió un tono. Fuera el hombre golpeaba la puerta con furia.

  • ¡Será mejor que abras o será peor para tí, no hagas que me cabree más!

Otro tono. La silla se tambaleaba no tardaría en ceder. Tercer tono. Estaba empapada en sudor.

  • Emergencias ¿En qué podemos ayudarla?- se oyó por fin al otro lado.
  • Han entrado en mi casa por favor que venga alguien.
  • ¿Quién ha entrado? Señorita dígame dónde está.

La puerta se abrió de un golpe y bajo el umbral estaba el hombre con la cara enrojecida, las venas del cuello se le marcaban, la miraba con frialdad y  su mano agarraba una pistola.

  • ¡Tiene un arma va a matarme!
  • ¡Cuelga el teléfono!
  • Señorita tranquila una patrulla va ya para su domicilio.

La mano del hombre le arrancó el móvil y lo lanzó estrellándolo contra la pared.

  • ¡Ahora sí que me has cabreado!-De su boca salieron restos de saliva-. Todo será más rápido y doloroso por tu culpa. Ya no podré jugar.

El cuerpo de él se interponía entre ella y la salida, no tenía escapatoria. Sintió el frío del acero de la pistola sobre su frente. Las lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas. En su mente no había ninguna imagen, estaba en blanco. Esto la tranquilizó de alguna forma, dicen que antes de morir ves pasar tu vida por delante, pero ella no estaba viendo nada. De sus entrañas comenzó a brotar un ardor que le recorría todo el cuerpo, calentando cada músculo. Sin pensar dio un paso hacia atrás y alcanzó a coger la lamparita de la mesita de noche y con un rápido movimiento se la estampó al tipo en la cabeza. Cientos de trocitos de cerámica saltaron por el aire.

  • ¡Maldita zorra!- le escupió a la cara.

Levantó el brazo para golpearla con la pistola pero ella reaccionó lanzándose contra la mano y le clavó los dientes con fuerza. El hombre soltó un grito dejando caer el arma al suelo. Las sirenas de policía se colaron a través de la ventana. Ambos se agacharon con rapidez para recuperar la pistola, ella la empujó contra el armario y él la propino una patada en el estómago haciéndola desplazarse unos pasos. Hubo un silencio de un segundo infinito en el que las miradas de los dos no se apartaban del arma. Sintió otra vez el calor inundándola de arriba abajo se tiró al suelo y cogió el arma, se giró y apretó el gatillo. El pecho del hombre se llenó de sangre.

  • Hija de…- Cayó desplomado sobre ella sin terminar de hablar.

Soltó la pistola, salió de debajo del cuerpo sin vida de su agresor lentamente, se incorporó, abrió el armario sacando otro pantalón de pijama, se lo cambió por el que llevaba que estaba mojado, lo tiró en el cubo de la ropa sucia y se acercó a la ventana.

Los coches de policía estaban aparcados a la entrada de su portal, los agentes llamaban a los timbres esperando que alguien les abriera, los transeúntes se paraban a cotillear, algunos vecinos asomaban sus cabezas mirando a todos lados.

Escuchó que abrían su puerta de entrada y la llamaban, pero lejos, cómo si no estuviera pasando en su domicilio nada de esto. Ella estaba concentrada en recuperar el aliento, en bajar sus pulsaciones. El cadáver estaba tendido boca abajo manchando la alfombra de granate.

Los policías entraron en su cuarto y la encontraron de espaldas, con la mirada perdida a través de la ventana observando el tráfico de la calle. No la veían el rostro. No sabían si estaba bien. La observaron preguntándose qué habría pasado, qué estaría pasando por su mente después de haber matado a alguien a sangre fría. ¿Estaría pensando en precipitarse al vacío?

Pero la verdad es que ella no pensaba en nada, sólo miraba los coches pasar como quien mira pasar las manecillas de un reloj.

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