FUEGOS ARTIFICIALES

Retumbaban las calles, temblaban los cristales de las ventanas, el cielo se iluminaba de cientos de colores. Tambores, dentro de mí, vibraban tambores, ruido de explosiones, aviones de guerra sobrevolando la ciudad.

Pero sólo eran fuegos artificiales surcando el firmamento. La fiesta grande del verano. Abajo, ocupando las aceras, la gente se apelotonaba, casi estrujándose unos a otros, las cabezas inclinadas hacia atrás como si tuvieran los cuellos rotos, mirando hacia arriba, de sus bocas salían, de vez en cuando, expresiones de asombro.

Yo estaba aterrado.

Desde mi casa no sentía la euforia de los espectadores, lo que yo sentía eran los sonidos de la guerra, el aroma a pólvora se colaba por las rendijas de la ventana, todo temblaba. Sentía miedo. Por mi cabeza pasaban cientos de imágenes de telediario que yo nunca había vivido.

Cada sonido, cada fogonazo de luz me estremecía, se me encogía el alma y me daban ganas de llorar, de gritar como un niño.

Ahí estaba plantado en mitad del salón, inmóvil, sin saber qué hacer. Escuchando el ruido crecer a lo lejos, haciéndose cada vez más fuerte, más intenso, tanto que parecía que el mismísimo cielo estuviera a punto de quebrarse. Graznar de pájaros que volaban despavoridos, ladridos de perro, motores de coches, clamor popular. Ruido. Unos segundos de silencio y otra vez el trueno y las luces rojas, azules, doradas bañando las fachadas de los edificios.

Me aterraba pensar que cientos de conciudadanos estaban ahí abajo con sus hijos disfrutando del espectáculo. Me aterraba pensar que en otras ciudades también había familias mirando al cielo viendo, no fuegos artificiales sino bombas destruyendo sus hogares. Este pensamiento hizo que se me cortara la respiración.

Creí que no podía escuchar nada peor, estaba equivocado, llegó el momento de la traca final, como si de una ametralladora se tratara, acallando del ambiente cualquier otro sonido, me imaginé a todo el público aniquilado tirados en el suelo, todo se llenó de humo denso, de una sorda calma. Temblaba, todo yo temblaba, los oídos me pitaban y lo más horrible fue escuchar la explosión de aplausos, los vítores, las exclamaciones de bravo y hurra y grité con la garganta, con las entrañas, hasta que no me quedó aire.

Fuera, la marcha de transeúntes satisfechos por el espectáculo que les habían brindado, el humo se iba disipando, el ruido desaparecía. Dentro volvía la calma, yo comenzaba a respirar con tranquilidad nuevamente, me senté en el sofá y encendí la televisión.

Todo había acabado hasta el próximo año, al menos en mi ciudad.

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