LA CUERDA DE LA OBSESIÓN

El suceso corría como la pólvora por todos los noticiarios, en el periódico no se hablaba de otra cosa, la noticia de que un hombre se masturbaba delante de los carteles publicitarios de la ciudad les tenía a todos fascinados, todos querían conseguir la exclusiva, todos, menos yo.

Me parecía un asunto mórbido, un chiflado tocándose con posters de mujeres y hombres en paños menores, ni siquiera tenía su sexo definido, un perturbado más dentro del zoológico de la sociedad actual. No, desde luego que no estaba interesado.

El jefe de sección salió de su despacho con su libretita en la mano, caminó hasta el centro de la sala bajo las expectantes miradas de mis compañeros, bajó sus gafas y nos miró por encima de ellas, comprobando que estuviéramos todos. Era un hombre de la vieja escuela no cabía duda, sus tirantes, su bigote, su calva incipiente, hasta su voz… parecía sacado de un cómic de periodistas.

– Alan tú te encargarás del asunto del vicioso -dicho esto se dio media vuelta y volvió a encerrarse en su cubículo.

Sentí todas las miradas sobre mí. No me gustaba aquello. Me levanté traspasando el muro de furia y envidia de mis colegas y me dirigí a su despacho.

– Señor, creo que yo no soy el más adecuado para hacer ese artículo.

– ¿De veras lo cree? ¿Por qué?

– Porque no me interesa lo más mínimo.

– Vaya, sí que es franco…-dijo subiéndose las gafas con el índice-. Precisamente por eso es usted el idóneo para escribirlo. Ahora si no le importa… estoy ocupado.

No había más discusión posible. Salí y cerré la puerta con un ligero portazo para que todos supieran mi descontento ante esa elección que yo no había pedido.

Me senté en mi escritorio y me dispuse a recabar toda la información que teníamos de aquel sujeto. No me llevó mucho tiempo. Sólo se sabía que en las últimas noches varios escaparates y marquesinas habían amanecido cubiertas se semen y que un barrendero afirmaba haber visto la figura de un hombre delgado pero no esmirriado. Una descripción muy útil en una ciudad en la que el setenta y cinco por ciento de la población masculina era así debido al auge de la moda de los cuerpos perfectos, machacados en gimnasio y alimentados por comida saludable. Tracé un mapa de las zonas donde habían aparecido los restos de secreción y anoté un posible horario de actuación teniendo en cuenta la jornada de los barrenderos.

Me llamó la atención que nunca había perpetrado su fechoría en horario de fin de semana, podría ser porque fuera cuando trabajaba o porque al hacerlo en estos días se podría aludir a simple vandalismo de borrachos. Lo que estaba claro es que aprovechaba las horas de menos tránsito en la ciudad y se amparaba en la oscuridad de la noche. Además de loco, cobarde. Genial, este artículo sin duda me haría llegar a la cima de mi carrera. Miré el reloj,  eran las seis y media de la tarde, me esperaba una noche movidita así que apagué mi ordenador y me levanté. Iría a casa a dormir un poco.

Veinte minutos después llegue al habitáculo que llamaba casa, un pequeño apartamento con salón-cocina, habitación y baño. Ventajas de vivir en el centro cerca del trabajo. Los olores del restaurante chino que tenía debajo invadían toda la estancia que lejos de abrirme el apetito me lo quitaban.

Tiré mi chaqueta y la mochila encima de la mesa, que hacía las veces de escritorio y me tumbé en el sofá. No tenía sueño ¿quién podía dormir a esas horas? Encendí la tele, un sinfín de programas concurso y debates del corazón sobrecargaron mis retinas. Volví a apagarla. Cogí mi portátil y busqué videos de exhibicionistas. Casi todos los tipejos tenían un aspecto sucio y tosco, pelo grasiento y barrigones, marginados que seguramente vivían en los sótanos de sus mamás y no habían visto de cerca el cuerpo de una mujer desde que hubieran sido amamantados. El otro tipo de pajilleros eran homosexuales disfrazados o ninis de nueva generación adoptando lo que ellos creían una actitud punk, antisistemas absorbidos por el sistema… ninguno encajaba dentro de aquel tipo delgado que no se mostraba en público.

¿Por qué de noche? ¿Por qué carteles publicitarios y maniquíes y no personas reales? ¿Era algún nuevo tipo de protesta? ¿Sería un abanderado contra un mundo artificial? No había dejado ningún mensaje apocalíptico contra la humanidad, ninguno de los grupos contra el universo y sus políticas capitalistas se habían adjudicado la autoría… entonces ¿qué? ¿Quién era ese personaje que había saltado a la palestra escandalizando, entre comillas, a las personas aburridas de la ciudad? ¿Qué quería?

Pronto podría averiguarlo.

La alarma de mi móvil sonó, era la una de la madrugada y no había dormido nada. Estuve tentado de quedarme en casa y pasar del tema, pero cuánto antes averiguara quién era, antes escribiría mi artículo y antes podría dedicarme a algo más importante o por lo menos menos asqueroso.

Abrí la nevera buscando algo que comer, pero aparte de un limón, un tupper con comida de encargo que no recordaba haber pedido, queso transformado en lonchas azules y una lata abierta de cerveza no hallé nada. Me preparé un café solo y picotee de una caja de cereales algo rancios que encontré en la despensa, cogí la chaqueta nuevamente y salí en busca del maniaco.

La calle estaba desierta, se notaba que el verano había pasado y todo el mundo había vuelto a sus rutinas. El fresco de la noche terminó de espabilarme. Me dirigí hacia una de las zonas comerciales, cada rincón de aquel lugar estaba atestado con imágenes de cuerpos moldeados, mujeres y hombres de catálogo, incitando el instinto sexual de cualquiera. Era un buen sitio para esperarle.

Me cobijé bajo un portal un poco más alejado, comprobando que tenía buena visibilidad y encendí un cigarrillo. Luego otro y otro hasta que terminé la cajetilla. Habían pasado dos horas y allí no aparecía nadie. Escuché al camión de la basura acercarse, los basureros estaban hablando del mismo tipo.

– La pregunta que yo le haría si lo vemos es ¿Por qué hombres? Delante de los carteles de mujeres lo entiendo por que… me cago en la puta están pa ello. ¿Pero hombres?

– A ver es un raro, si hubiera carteles de gatos en picardías seguro que también lo haría, lo que debería hacer es ir a un puticlub y pagar para que se le quiten los traumas, como la gente normal, estoy convencido de que es virgen.

Los dos hombres volvieron a subirse al camión que se alejó con su atronador ruido, dejando otra vez en silencio el lugar. La conversación de los barrenderos me produjo risa, tenían las mismas preguntas que yo, debería encargarles a ellos la noticia y olvidarme, al fin y al cabo ellos trabajaban de noche y parecían conocer el asunto mejor.

Eché otra rápida ojeada al sitio a parte de mí, allí no había nadie mas. Decidí concluir mi investigación por esa noche, tenía congelado hasta el trasero.

Antes de volver a casa entré en un 24horas a comprar tabaco. Miré al chico detrás del mostrador y pensé que bien podía ser él, tenía cara de perturbado aunque si fuera él no estaría trabajando. Salí de allí y por pura deformación profesional miré otra vez en la dirección de las tiendas.

Ahí estaba plantado.

Delante de un escaparate con dos maniquíes en ropa interior que parecían llamarle. Me escondí tras una esquina asomando levemente la cabeza. Efectivamente era un hombre bien formado, vestía una camisa azul y unos vaqueros. Giró la cabeza para cerciorarse que no había nadie a su alrededor y entonces se bajó la bragueta y comenzó a masturbarse. Saqué el móvil para grabarlo. ¿Qué otra cosa podía hacer? A través de la pantalla podía verle mejor, su rostro reflejaba un placer absoluto. No tardó mucho en acabar. Por lo menos era rápido, pensé. Se limpió la mano con un pañuelo desechable, se subió la cremallera y se fue. Esperé unos minutos para salir de mi escondite improvisado y me acerqué al lugar del crimen. Ahí estaba su huella. Observé a los monigotes tras el cristal, eran una pareja de cuerpos de plástico en paños menores. No había nada que me llamara la atención. Ni siquiera tenían pelo ni color en sus semblantes, me fijé en las prendas que llevaban, era ropa interior normal, nada de lencería fina ni erótica. Me encogí de hombros y regrese a casa.

Cuando llegué descargue el video que había hecho. No se le veía la cara con nitidez, un perfil como el de otro cualquiera, no valdría para reconocerle, pero esa expresión de gozo, de pura satisfacción… apagué el ordenador y me fuí a acostar.

Aparecí en la redacción hacia el medio día, un sinfín de preguntas me aguardaban, todos querían saber si le había visto, cómo era, si había hablado con él…

– Investigación en curso, lo siento no puedo hablar-dije dándome importancia.

Ya que me habían encargado a la fuerza ese reportaje al menos disfrutaría del placer de tenerlos a todos expectantes.

– Alan, conmigo.-Seguí al jefe hasta su despacho, una vez allí cerró la puerta-.¿Y bien? Ayer volvió a hacerlo espero que usted estuviera allí.

– Sí estaba, tuve que esperar casi tres horas pero le ví, tengo un vídeo.- Sus ojos se abrieron como platos-. Pero no se le ve el rostro. Aún tengo que investigar más, tengo alguna pista para seguir… pero de momento no le puedo desvelar nada.- Mentí.

– Me gusta oir eso, bien vaya, vaya, haga lo que tenga que hacer. Quiero que seamos los primeros en conseguir averiguar quién es y aclarar sus motivos.

– Lo seremos. Pero para ello igual tengo que faltar al horario…

– Descuide, volveremos a hablar en unos días. Ahora…

– Está ocupado, lo sé… le traeré noticias en breve señor.

Me fuí, dejando a mis compañeros con la intriga de saber qué tenía. Lo cierto era, que aparte del video no tenía gran cosa. Iría a casa a recabar información, pero antes decidí pasarme por el supermercado y comprar alimento. De camino fui mirando todos los escaparates haciendo una lista mental de cuáles escogería él. Tampoco saqué nada en claro ninguno me parecía tentador. Lo único que me llamó la atención fue mi reflejo en ellos, era más que un espejo, era como otra realidad…

Entré en mi apartamento y después de guardar la comida en el congelador, todo lo que había acertado a comprar era comida precocinada, encendí el ordenador y me puse a buscar en páginas de psicología sobre trastornos sexuales, me aburrí soberanamente. Me lié un peta pensando que quizás con la ayuda de la marihuana entendería mejor esos artículos de palabrería barata. En unos minutos comprobé que lo que me dieron fueron ganas de dormir. Me tumbé en el sofá con la tele puesta en una de esas series soporíferas de detectives.

La alarma me despertó con un sobresalto. Llevaba horas durmiendo, el estómago rugía. Saqué uno de los platillos y lo calenté en el microondas, mientras lo zampaba pensé a donde me dirigiría hoy, no solía repetir el mismo escenario dos veces. Pero tampoco tenía un patrón definido de lugares en los que masturbarse.

Opté por ir a la parte alta, ahí había muchas más tiendas. Me preparé un café que metí en un termo y comprobé que tenía tabaco suficiente para la espera. Cogí un taxi, luego lo pasaría como gasto.

Busqué un sitio donde estar oculto pero con una buena perspectiva y aguardé a que apareciera. Mi instinto no había fallado al rato volví a ver su silueta. Pude verle mejor gracias a que la calle estaba mejor iluminada, bendito poder adquisitivo. Debía de rondar mi edad no creo que tuviera más de cuarenta, hoy vestía más informal, los mismos vaqueros pero con camiseta y sudadera. Inspeccionó el lugar, eligiendo a su víctima, así que no le valía cualquiera, era un sibarita.

Cuando hubo seleccionado, según su criterio, el sitio perfecto, comenzó con su ritual, primero ver que no hubiera nadie cerca, luego la bajada de bragueta y por último el final feliz. Yo le observaba, pendiente de cada gesto o pista sobre quién era o por qué lo hacía. Pero no podía apartar la vista de su expresión facial. Era tan… placentera. Terminó, e hizo su segundo ritual, limpieza y a guardar el pajarito. Y se fue caminando con las manos en los bolsos tan tranquilo, como si no acabara de pasar nada. Bien es cierto que era lo lógico, no se iba a ir dando brincos… aunque era un loco así que todo podría ser.

Esta vez me decidí a seguirle. Caminó un buen rato entre las calles desiertas hasta llegar a un bar de esos de las películas de gangsters, que para mi sorpresa estaba relativamente cerca de mi domicilio. Me quedé en la entrada dilucidando si sería adecuado entrar o no. Mi corazón decía que sí pero la razón ganó la pelea. Escribí en mi movil el nombre del garito y regresé a casa.

Descargué el nuevo vídeo e imprimí varios pantallazos del sujeto y de los escaparates donde había dejado su huella. Los coloqué sobre la mesa y me quedé mirándolos fijamente intentando descubrir el rompecabezas. Una cosa estaba clara, los niños no le gustaban, lo que era un alivio, no tenía ganas de meterme en el jardín de los pederastas aunque la noticia hubiera sido más relevante y escabrosa. Otro dato que sabía, era que escogía imágenes de hombres y mujeres por igual, así que no era un machista, ni un homófobo, ni nada que estuviera relacionado con la predilección de género. Tampoco tenía pinta de marginado social, ni de retrasado mental… era a todas luces un tipo normal de clase media.

Volví a mirar su foto, su aspecto era similar al mío, la única diferencia es que él era un tarado con traumas y yo no.

Por tres noches más le seguí, por algún azar del destino, escogía bien las ubicaciones donde iba a aparecer, por tres noches más le ví eyacular con infinito placer dibujado en su semblante, ante siluetas de plástico impotentes, para luego acudir a aquel antro de mala muerte. Por tres noches lo único que hice fue grabarle y seguirle como una sombra. Pero no había averiguado quién era ni qué le había impulsado a hacer lo que hacía.

Mi casa estaba empapelada con su rostro excitado y los lugares donde había dejado su impronta. Y en mi ordenador solo estaba escrito “Es un tipo corriente, limpio, y que se corre pronto”. Obviamente no era algo que pudiera mostrarle al jefe.

Decidí que esa noche me quedaría en casa para intentar encarrilar el artículo. Ordené mis notas y comencé a teclear.

Teclear y borrar…menos una pregunta ¿quién eres? Miré el reloj, ya eran las seis de la mañana, ya se habría marchado. En un arranqué salí a la calle con el pijama puesto y me dirigí a otra de las zonas comerciales cercanas a mi domicilio. Busqué por los alrededores, nadie, pasé de tienda en tienda hasta hallar una, había estado allí. Me quedé parado mirando el escaparate lleno de manchas blanquecinas, pensé en coger un poco de aquel líquido por lo del ADN y esas cosas, pero mi raciocinio volvió a salvarme. A, porque la policía ya lo habría hecho y B, por que era una guarrada.

Me vi en el cristal, en pijama y zapatillas, observando el semen de otro hombre, vi el rostro vacío de los maniquíes, una sensación de agobio invadió todo mi cuerpo pero también… era ridículo. Yo estaba ridículo ahí plantado de esa guisa. Eché a correr a mi casa. De un manotazo tiré todos los papeles que se quedaron diseminados por el suelo y me metí en la cama tapado con el edredón hasta las orejas. Me pasé la noche soñando con el rostro de ese tipejo asqueroso. Una llamada me sacó de la pesadilla. Era del trabajo, querían saber cómo iba, el jefe empezaba a impacientarse.

– Voy bien, ya casi lo tengo, mañana iré por ahí, sí estoy bien, no, no me pasa nada. ¿mi voz? estoy algo tomado, ya sabes, la investigación nocturna es lo que tiene. Lo haré, gracias. Hasta mañana.

Colgué y apagué el teléfono. Me volví a dormir, luego resolvería la mentira.

Desperté a la hora de siempre, antes de que sonara la alarma, es increíble lo rápido que se adecua la mente a unos horarios. Comí algo, me vestí y salí al encuentro del hombre, hoy tenía que conseguir cualquier cosa. Tenía un plan, le abordaría directamente, le acorralaría a preguntas, le haría hablar y terminaría con todo aquello.

Hoy la suerte no me acompañaba, no había dado con el lugar o quizás hoy no hubiera salido, deseché esa idea y me dirigí al bar donde solía entrar después de desahogarse.

Me fumé un cigarro en la puerta, aunque por el olor que salía de dentro, seguro que hacían la vista gorda respecto al tabaco y posiblemente ante otras cosas. Respiré hondo armándome de valor y entré.

En la esquina más oscura de la barra le encontré, acodado y agarrado a una copa de  coñac. ¡Coñac! ¿Quién bebe coñac hoy en día? Seguro que lo hace por prepotencia, o por un trauma infantil, seguro que es lo que bebía su padre. Me acerqué disimuladamente y me senté en la banqueta que había a su lado. Sonaba música suave, jazz o algo por el estilo. No habría más de cuatro o cinco personas dentro, ninguno hablaba. El camarero, un tipo grande y anodino, se acercó. Me pedí un whisky con coca cola, nada más dar el primer trago escuché su voz.

– El coñac mata mejor los bichos.- No entendí nada… -Disculpe tiene pinta de querer acallar algo y tranquilizar el alma. Para eso lo mejor, el coñac -me volvió a decir sonriendo de medio lado.

– ¿Eso es lo que hace usted?- Alzó su copa y dio un gran sorbo a modo de respuesta. Bien ya había hecho contacto y parecía dispuesto a hablar, le tenía-. ¿Qué bichos quiere matar usted?

– Los mismos que cualquiera.- Se encogió de hombros y bebió un sorbo-. ¿Conoce usted algo de Samuel Jhonson?

No entendía a qué venía la pregunta, pero por si me llevaba a algún lado tenía que contestar y seguir charlando con él, además que conocía perfectamente a Samuel Jhonson.

Estuvimos hablando hasta que cerró el bar, enlazando un tema con otro, hacía años que no me pasaba… descubrí que era un tipo normal, es más, era un tipo culto y amigable, con una conversación fluida… Si no fuera por su asqueroso vicio no distaría mucho de ser como yo, no distaría de ser yo ¡qué coño!

Salimos del bar y él se despidió con un educado “Encantado de conocerte, espero que volvamos a vernos, me ha hecho bien la conversación”. Y desapareció torciendo una esquina. El sol estaba ya en su apogeo, estaba cansado y desconcertado. Necesitaba dormir un par de horas antes de acudir al trabajo y presentar… nada.

Este pensamiento me mantuvo en vela toda la noche… ¿Qué podría contar? Era un tipo pulcro, educado, culto… ¿Qué le habría llevado a cometer semejantes vejaciones? ¿Qué oscuro pasado tenía? No encontraba explicación lógica. Quizás no fuera él, podría ser sólo alguien que se le pareciera. Era alguien tan normal con unos gustos tan parecidos a los míos… Salí de la cama, era absurdo permanecer ahí si no iba a pegar ojo. Me vestí y fui hasta la oficina. Por suerte el jefe no estaba, había salido a una reunión. Me senté en mi escritorio evitando hablar con la gente, intenté escribir algo. No me concentraba en nada. Alegué una gripe y me fui para casa, la noche en vela hizo más creíble mi embuste.

No podía sacarlo de mi cabeza, veía su imagen en todas partes, en los reflejos de los escaparates, parado a mi lado en los semáforos… Sentía que él estaba haciendo lo que llevaba haciendo yo con él desde hacía días. No podía dejar de preguntarme ¿Por qué? ¿Qué había pasado en su cabeza, qué trastorno tenía? Parecía alguien tan normal, tan… ¡cuerdo! Me cautivaba, su rostro de placer pasaba por mi mente una y otra vez.

Bajé todas las persianas aunque lucía un espléndido sol, y cerré la puerta con llave. Tenía una extraña sensación de miedo, de angustia. Me lié un peta y me tumbé en el sofá poniendo la tele al máximo, tenía que acallar esos pensamientos…” El coñac es lo que mejor mata los bichos” ¿Tendría coñac en casa?

¡Por supuesto que no! ¿Qué hago yo con coñac en casa? ¿Qué estupideces estaba pensado?

Me metí a la ducha acompañado por la radio y las voces que salían de la tele del salón. Me di una ducha de agua caliente, larga, no sé ni cuánto tiempo estuve debajo del chorro… ¡Ah el agua! Me fui a la habitación, dispuesto a meterme en la cama y dar por terminado el día de hoy… pero al pasar por el espejo del pasillo… me paré y me mire detenidamente.

Era un tío agraciado, de buen ver, no me podía quejar. Observé todo mi cuerpo. Y fui notando como se intensificaba el calor, la tensión, tenía el miembro erecto. Lo miré en todo su esplendor, me lo agarré y comencé a cascármela, ahí mismo, delante del espejo.

Sentía un inmenso placer, placer que hacía tiempo no sentía… No tardé mucho en culminar, dejando el espejo con hilos blancos que resbalaban por su superficie creando manchas que emborronaban mi imagen.

“No distaría mucho de ser como yo, no distaría de ser yo…”

Había traspasado la línea, era parte de mí. Me vestí y salí a la calle, caminé hasta la zona comercial de la primera noche, me puse delante del escaparate y experimenté el mismo goce, ví mi imagen reflejada, vi la cara de placer absoluto.

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