GRIS.

Miraba por la ventana. Callada.

Delante de ella, la cajetilla de tabaco, el cenicero colmado de colillas, una botella de agua medio vacía y el teléfono avisando, con su parpadeante luz, que tenía mensajes sin leer.

Encendió otro cigarrillo, el móvil vibró nuevamente sobre la mesa, lo cogió sin mirarlo y lo apagó.

La mirada seguía perdida, en la ventana y a través de ella, en las nubes que iban cambiando de color al ritmo del viento. Blancas, grises, azuladas…en unos minutos llovió, granizó y salió el sol formando un arco iris efímero que dejó paso otra vez a las nubes negras y densas que oscurecieron la ciudad, la hora del día no importaba porque el tiempo, tapando la luz, había decidido que fuera de noche.

El cigarrillo se consumió entre sus dedos dejando caer la ceniza sobre el mantel.

Gris, ese era el tono.

El clima, la ceniza, el ambiente de la habitación… gris de humo. Quizás la vida fuera así, como el tiempo, como aquel espacio, como el cenicero.

Bebió un trago de la botella y la volvió a dejar delante de ella, vacía.

Respiró hondo, abrió el cajón de la mesa y sacó un papel y un boli. Podía haber cogido el teléfono, encenderlo y mandar un mensaje, pero había cosas que se leían mejor en papel, a la vieja usanza. Cogió el bolígrafo entre sus dedos de la misma forma que cogía los cigarrillos antes de encenderlos.

Primero de acercar la tinta a la hoja volvió a pensar en el gris, en sus diferentes tonalidades. ¿Cuántos había? ¿Cuáles eran sus gamas de colores? Gris marengo, gris perla, gris oscuro, azulado, verdoso…

Se armó de valor y posó la punta sobre la impoluta celulosa, deslizándola con suavidad, acariciando la hoja, más con miedo que con dulzura.

Cada letra que estaba escribiendo era inmensa en sí misma. Aquellas palabras significaban para ella un salto al vacío, pero no era un acto precipitado, era un salto largamente pensado.

Algo que le había costado aceptar, una lucha interna que se había alargado más de la cuenta por culpa de las contiendas perdidas, sabía que esas derrotas no significaban el fin de la guerra, a ella siempre le había gustado ganar pero la victoria se resistía, pesaban las heridas, por eso le había costado tanto creer que todo hubiera acabado.

En realidad, sobre ese papel, estaba firmando el tratado de paz con ella misma.

Sólo había tardado unos segundos en escribir esas letras y toda una vida en llegar hasta ese momento.

Posó encima de la hoja el boli, que se quedó tendido como un guerrero cansado en el campo de batalla. Sus ojos bajaron lentamente y una lágrima rodó por su mejilla sonrosada perdiéndose en la comisura de su boca que quería sonreír. Leyó lo que había escrito, susurrándolo, paladeando cada letra.

  • Te quiero.

Lo dijo una sola vez, para que el sonido de su voz dejara constancia sobre ella y las palabras se grabaran dentro. Tenía que decirlo en alto pero también necesitaba dejarlo escrito, para que el viento no se las llevara. Se lo debía a sí misma.

Ahora podía seguir escribiendo, cogió el bolígrafo nuevamente, ya sin esfuerzo añadió:   “Seamos nuestro propio tono de gris”

Agarró el papel con cuidado y salió dirigiéndose al dormitorio donde unos ojos adormilados la esperaban desde hacía tiempo. Posó la nota en la mesita y se escabulló entre el edredón, abrazándose a ese cuerpo que la daba calor y junto a él inventó un nuevo color.

El gris completo.

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