EN TIERRA DOS

Este árbol, bajo el que nos cobijamos hoy, cuenta la historia de mis padres. Una historia de amor y supervivencia. Y debe de ser contada para que no se pierda conmigo. Porque sin ellos, sin este árbol, nada de lo que tenemos existiría.

Su historia comienza hace más de cien años, en “El principio del fin”.  

El planeta, había quedado desolado. Tras las guerras, llegaron después, los desastres naturales, un intento de rebelión o represalia por parte de la tierra.

La gran mayoría de los continentes quedaron sepultados bajo las aguas. Quedando solo una pequeña parte de terreno habitable. Fueron tiempos terribles, cientos de civilizaciones perdidas para siempre, millones de personas perecieron, razas enteras de animales extinguidas, se sucedían los actos heroicos con los egoístas. La supremacía del hombre en estado puro.

Fueron años de incertidumbre, de miedo arraigado en lo más profundo.

Los pocos habitantes que quedaron se fueron juntando, ocupando ese trozo de tierra disponible para vivir.

Censo triste, que apenas llegaba a un par de miles de personas.

Decidieron aunarse y crear una nueva civilización a la que pertenecemos ahora, los Epizóntes. Configuraron también un nuevo lenguaje juntando todas las lenguas que hablaban los que habían sobrevivido y redactaron nuevas leyes y nueva constitución, resaltando la importancia de que el hombre permaneciera vivo.

Siendo la mujer eje principal de esta nueva sociedad, por ser la dadora de vida.

La importancia de la gente no provenía de su color de piel o de su género, sino de su valía, capacidades y competencias.

Construyeron, poco a poco urbes de cemento y metal, capaces de soportar cualquier desastre, temerosos de la naturaleza, la apartaron de sus vidas, cubriendo el suelo con capas de baldosas, la tierra quedó sepultada. Desarrollaron una alimentación hecha de químicos, pastillas y jarabes que les proporcionaban las vitaminas necesarias. El agua, aislada en enormes presas y pozos de piedra resistente.

Alrededor de la nueva ciudad levantaron altos muros, cubiertos por una enorme cúpula de cristal. Aprendieron a vivir nuevamente, en esta burbuja. Se crearon un mundo artificial.

Pero no solo se apartaron de la naturaleza, también se separaron de cualquier idea de lucha, prohibieron la fabricación de ningún tipo de arma que pudiera volver a destruirles. El miedo les hizo fundar un mundo de asfalto pero también un mundo pacífico. Donde su dios, eran ellos mismos, inculcando el respeto por el otro, desarrollaron la empatía, basada en el terror más primitivo.

Sociedad utópica, al menos lo que concernía a ellos.

La era del miedo, la era del humano.

En esta nueva civilización nacieron mis padres. Se enamoraron el día del Resurgimiento, en el baile de la elección.

Tan solo necesitaron una mirada para reconocerse y saber que cada uno sería el futuro del otro. Desde ese día permanecieron juntos.

Al poco tiempo de su unión, mi madre se quedó embarazada. Pero lo que fue júbilo en un principio empezó a transformarse en una desazón interior que no sabía explicar, se ahogaba. No soportaba estar dentro de ningún espacio cerrado, no toleraba rozar siquiera una pared o incluso el suelo. Mi padre, le construyó en el exterior de su hogar un espacio abierto donde pudiera descansar, cubierto con telas y alfombras de colores. Esto la tranquilizó durante algunos meses pero la desesperación volvió, necesitaba más, aunque no sabía explicar qué. Sentía que la faltaba algo, algo en lo más profundo de su ser, notaba ese vacío que la estaba volviendo loca, sin siquiera alcanzar a explicarlo o definirlo.

Mi padre no sabía qué hacer, la observaba preocupado, dando vueltas nerviosa, con arranques de llanto incontrolado, se tumbaba a su lado acariciándole el pelo y contándole historias. Mi padre era el único que conseguían sosegarla, al menos por breves instantes, la serenaba. Pero cada vez eran más breves estos momentos. A medida que el embarazo crecía lo hacía también su angustia.

Buscó mi padre alguna explicación en todos los libros que encontró, consultó a los más sabios, a los más ancianos, a científicos… a todo aquel que pudiera conocer o darle respuestas. Pero nadie logró hacerlo de una forma satisfactoria. Pensaban que podía deberse a un rechazo hacia el bebé, pero eso no era posible, no podía serlo. Mi padre sabía que mi madre deseaba dar a luz, de hecho era lo único que la preocupaba. Por ese hijo que llevaba en su vientre se alimentaba e intentaba dormir. No era yo la causa de su malestar.

Una noche, tres meses antes de mi nacimiento, mi madre estaba recostada mirando la cúpula que les cubría, fuera de ella llovía, se veían las gotas caer y resbalar por el cristal, de vez en cuando algún relámpago iluminaba el espacio creando débiles sombras. De pronto se puso histérica y comenzó a gritar y a tirar contra el suelo todo lo que pilló por delante, lanzaba los objetos con la fuerza propia de la adrenalina del momento. Consiguió en esta repetición resquebrajar el pavimento. Observó la grieta, arrodillándose sobre ella, la contempló en silencio durante horas hasta que se levantó como en un trance, cogió un martillo y se puso a golpear el suelo hasta destruir la baldosa. La quitó con cuidado, debajo estaba la capa de asfalto. Mi padre la miraba asustado mientras ella atizaba ahora con más fuerza haciendo un agujero en el cemento. Mi madre, decidida, metió la mano a través del hueco y sacó un puñado de tierra seca. La estrujó entre sus dedos, la pasó por su rostro, oliéndola, la lanzó al aire dejando que cayera sobre ella y entonces miró a mi padre con una gran sonrisa y le dijo que ya sabía lo que necesitaba. Cogió otro montón de tierra y se lo ofreció a mi padre.

  • Quiero salir ahí fuera- le dijo con el rostro lleno de serenidad.

Mi padre solo pudo abrazarla, en silencio. Sintiendo cómo su corazón se tranquilizaba. Esa noche mi madre durmió durante horas, plácidamente con la mano metida en el agujero del suelo, jugueteando con la tierra.

Al día siguiente, mi padre se dirigió al muro exterior. Todo el día estuvo estudiándolo, observando su construcción buscando alguna fisura, alguna piedra débil por donde abrir un hueco. Por fín al caer la tarde, vio una posibilidad en la cara norte de la muralla, que era la más antigua, una de las piedras estaba un poco suelta.

Volvió a casa y le contó a mi madre su hallazgo y entre los dos idearon un plan para poder salir. Una vez hechos los planos y con la ejecución clara en sus cabezas mi padre miró a mi madre.

  • ¿Estás segura de esto?
  • Vamos a quebrantar la ley, nos jugamos el destierro. Una vez que salgamos no creo que nos dejen volver.
  • Soy consciente del peligro y las consecuencias. Pero estoy al ciento por ciento segura de que mi lugar está fuera de estos muros. Sé que nuestro vástago tiene que nacer al otro lado. Entendería que tú no quisieras seguirme, y aunque me apenaría profundamente, no te guardaría rencor alguno.
  • Mi lugar está donde estéis tú y nuestro hijo, y si tu sitio es ahí fuera también será el mío.

No le dijeron a nadie lo que estaban pensando hacer, no fuera que les detuvieran antes de intentarlo. Siguieron actuando con normalidad. Mi madre no volvió a tener ataques de ansiedad, entendiendo los de su alrededor que se había calmado al estar próximo el parto.

Por las noches acudían al muro y en silencio construyeron una puerta lo suficientemente grande para pasar los dos. La hicieron con sumo cuidado, procurando no desbaratar la sujeción de la muralla. Por suerte, ambos poseían conocimientos de arquitectura e ingeniería. La tarea no les llevó mucho tiempo, apenas unas semanas de trabajo.

Cuando estuvo hecha la salida, dedicaron algunos días a preparar lo necesario para su huida y vida en el exterior. Pensando minuciosamente lo que se iban a llevar, procurando tener en cuenta todas las posibilidades que se encontrarían.

El día de la partida reunieron a todos sus familiares y allegados usando como excusa mi nacimiento y la “curación” de mi madre. Fue un día de regocijo e ilusión, lleno de amor y risas. Se despidieron de todos de la mejor manera, por si aquella fuera la última vez que se veían.

Esa misma noche tras escribir una carta explicándolo todo, y cargados con  lo que consideraron imprescindible, se encaminaron al exilio que ellos habían escogido.

Traspasaron la puerta de metal que habían construido, de la mano, aguantando la respiración. Lo habían hecho, estaban fuera de los muros, habían cruzado el umbral, la puerta que ellos habían ideado. Antes de cerrarla mi padre dejó que mi madre respirara hondo. Ella lo hizo llenando sus pulmones con oxígeno puro, en su rostro se dibujó una sonrisa y entonces cerraron la puerta al mundo que habían conocido.

Lo primero que hicieron fue quitarse los zapatos y caminar descalzos sobre la tierra, notando su aspereza y humedad. Mi madre saltaba de alegría, sus ojos tenían un brillo de felicidad. Mi padre supo, como supo al instante, que ella sería su compañera de por vida, que habían tomado la decisión correcta. No había sido fácil ni lo sería, pero se sentían dichosos y llenos de energía. Esa noche durmieron al ras, bajo un cielo estrellado que les alumbraba directamente, nunca durmieron mejor que aquella primera noche. Ni despertaron más contentos que ese amanecer con los rayos del sol calentándoles la piel.

Mi padre se puso manos a la obra, siendo consciente del poco tiempo que faltaba para mi llegada. Buscaron un sitio donde asentarse, no demasiado lejos de la muralla. Y comenzó sin descanso la construcción de una casa. Hecha de los materiales que encontró. Buscó también un sitio donde excavar un pozo. Y le fabricó a mi madre una mecedora donde se pasaba las horas leyendo o simplemente respirando, con los pies desnudos, hundidos en la tierra que le había traído la paz.

Para cuando llegué yo, ya tenían un hogar habilitado. El día de mi nacimiento fue una prueba de lo que podían hacer solos, fue un día largo, en el que mi padre tuvo que armarse de valor y asistir el parto como buenamente pudo. Vine al mundo en esa casita reciclada y apartada de todo. Nací en el exterior, libre de muros y cúpulas.

En mi primer año de vida, las provisiones alimenticias se fueron agotando, y mis padres decidieron crear un huerto. Habían leído libros donde hablaban de cómo hacerlo, y aunque no estaban seguros de que todo lo que contaban fuera cierto, ya que había sido escritos basándose en recuerdos, lo intentaron.

Aclimataron una porción de tierra en un lado de la casa, la batieron, hicieron surcos como se veía en las ilustraciones y esperaron.

Pasaron dos meses y nada. Volvieron a removerla y volvieron a esperar pero la tierra seguía yerma.

El tiempo pasaba y comenzaron a desesperarse, hablaron de volver, discutían sobre el futuro. Mi madre se acostaba todas las noches llorando abrazada a mí y mi padre se pasaba las noches en vela observándonos con impotencia.

Ya no salían a remover la tierra. Solo leían libros buscando alguna solución.

Cierto día en el que estaban enfrascados en sus lecturas, yo salí gateando al exterior, por lo visto era la primera vez que lo hacía. Algo había llamado mi atención. Era lluvia. Al sentir las gotas cayendo sobre mí me asusté y comencé a llorar. Mi madre al oírme salió corriendo a buscarme, pero la lluvia también la paralizó a ella, lo único que alcanzó a hacer fue cogerme en brazos. Y ahí nos quedamos las dos mojándonos. Mi padre salió al momento al ver que tardábamos, se acercó y nos abrazó. De alguna forma esa lluvia les devolvió un poco de esperanza.

Tres días estuvo lloviendo y soplando el viento. Luego todo volvió a la calma. Mi padre salió fuera para comprobar si se había  ocasionado algún desperfecto pero en vez de encontrar destrucción lo que halló fue vida. Dos pequeños brotes verdes se habrían paso sobre la tierra mojada. Llamó a mi madre corriendo y tal fue el regocijo que se pusieron a bailar y cantar con los ojos llenos de lágrimas.

Decidieron que era el momento de ponerse en contacto con la ciudad. Mi padre escribió una carta hablando de su vida fuera de los muros, de mi nacimiento, y del recién descubierto hallazgo de los brotes, metió la carta en un sobre junto con uno de los esquejes y un puñado de tierra y se encaminó hacía aquella puerta que hacía tiempo habían cruzado.

Sintió alivio al descubrir que no la habían tapiado. La abrió con cuidado, pegó la carta por el otro lado y volvió a cerrarla.

Todas las noches acudíamos allí para ver si había respuesta. En la quinta noche, encontramos una enorme caja dejada por nuestros familiares, en ella había juguetes y ropa. También libros, comida y cartas llenas de afecto, pero lo que más alegría les dio a mis padres fueron unos pequeños sobres que contenían diferentes semillas que al parecer mi tío había conseguido sacar del museo.

A partir de ese día mis padres comenzaron a comunicarse con el interior del muro. Trayéndoles  la paz que aún les faltaba.

Plantaron las semillas, regando la tierra esta vez, no pasando mucho tiempo para ver resultados.

Yo era muy pequeña, pero aún recuerdo el sabor de ese primer tomate que comí. No puedo olvidar su sabor jugoso, ni la sensación de morderlo.

A ese tomate le siguieron patatas y lechugas, zanahorias, rábanos, especias…

Cada hallazgo era contado y mostrado a nuestros familiares. Que se encargaban de hablar con el resto de ciudadanos. Comenzaron a formarse grupos pro-salida liderados por nuestros allegados. Y en menos de un año, vimos abrirse la puerta y ser cruzada por una docena de personas que se arriesgaban a vivir como nosotros.

Mis padres les acogieron con alegría, les enseñaron a cultivar la tierra, a construir sus casas.

Poco a poco el interior salió al exterior, creando una nueva comunidad que aprendía a vivir en comunión con la naturaleza.

En apenas diez años se había fundado una ciudad equiparable a la que había dentro del muro. La puerta había ido creciendo de tamaño hasta convertirse en un gran portón que empezaba a dejarse abierto pudiendo ir de una ciudad a otra libremente.

Así el miedo fue desapareciendo. Las gentes comenzaron a respetar y amar la naturaleza, se comía lo que se cultivaba. La tierra traía nuevas formas de vida.

Hasta que la urbe de cemento y metal quedó obsoleta y su muro y su cúpula fueron destruidos. Mis padres fueron escogidos para quitar la primera piedra en un acto simbólico, recordando aquella primera piedra que habían quitado hacía ya cincuenta años. Ellos habían sido los primeros en darle una nueva oportunidad a la tierra, creyendo en las posibilidades positivas de la naturaleza.

Habían conseguido vida en el exterior de la burbuja. No solo por haber tenido a su descendencia fuera, si no por haber conseguido amar a la tierra y volverla fértil de nuevo.

Tres años más duraron con vida. Me los encontré un día, sentados al lado de su primer huerto, cogidos de la mano y mi madre con los pies descalzos dentro de  la tierra. Sus rostros completamente serenos. Ni mis hermanos ni yo, lloramos por ellos. Siempre formarían parte de todos nosotros. Les enterramos aquí, en su lugar favorito, donde creció este árbol que lleva su nombre.

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