DE TODO CORAZÓN. GRACIAS

Allí estaba sentada con un viejo álbum sobre el regazo.

Me enseñaba fotos de Mario, contándome con todo detalle el momento en el que fueron tomadas. Se notaba que estaba nerviosa y trataba de llenar los silencios, amontonando las palabras como si por quedarse callada me estuviera faltando al respeto.

Yo no sabía muy bien cómo actuar. Sonreía y asentía con la cabeza, aunque en realidad, no estaba escuchando ni la mitad de las historias que contaba. Me había costado mucho dar este paso y supongo que a ella también. Tan sólo sentía que era algo que tenía que hacer, a pesar de los consejos en contra por parte de mi familia. Me advirtieron del peligro que mi visita conllevaba, llegaron incluso a tacharme de egoísta.

Yo sabía por qué estaba allí pero la verdad, no acertaba a comprender qué le había llevado a ella a abrirme la puerta.

Quizás las dos buscábamos lo mismo.

De reojo nos mirábamos, esperando sentir un pálpito distinto.
Había estado leyendo sobre el tema, en algunos casos se habían producido hechos realmente sorprendentes. Algunos hablaban de luchas internas, otros rememoraban escenas de una vida que no habían pasado. Pero yo no experimentaba nada. Yo, sencillamente, seguía siendo yo. En mi memoria seguían estando solo mis recuerdos. Mis gustos y costumbres no habían cambiado en absoluto.

Miré el reloj como un acto reflejo, ella se percató y cerró el álbum, levantándose sin dejar de hablar, me ofreció un tentempié. Comprendí que no deseaba que me fuera todavía. Desapareció por unos segundos para volver cargada con una bandeja que dejó con cuidado sobre la mesa. Me sirvió una taza de café solo y un trozo de bizcocho casero, no tenía ganas, pero el olor despertó mi apetito.

  • Es de pasas y nueces ¿verdad? Es mi favorito.

La taza que ella sostenía en las manos rodó por el suelo tiñendo la alfombra de marrón. La expresión de su rostro cambió, se puso blanca como si hubiera visto un fantasma y sus ojos se llenaron de lágrimas contenidas.

  • También era el favorito de Mario.

Sentí que el pulso se me aceleraba, los latidos rebotaban por todo mi cuerpo. La vi, ahí quieta, mirándome con los ojos brillantes, casi temblaba. Un pinchazo atravesó la cicatriz de mi pecho. Me acerqué despacio a ella y la abracé fuerte, como hubiera abrazado a mi propia madre y en cierta forma lo era. Lloramos juntas, dejando salir todos los sentimientos que habíamos guardado en los últimos meses.

Un abrazo de dos desconocidas que cerraba el duelo de ella y el mío. Un abrazo que nos unía a través de un corazón. Las emociones se agolpaban dentro de mí, sentí que se despedía de su hijo. Supe que esta relación nacida del dolor, se perpetuaría en el tiempo. Le debía mi vida. Me dejé llenar de ese amor devolviéndoselo en forma de abrazo colmado de eterna gratitud.

Su pérdida había resultado ser mi salvación.


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