El Primer Umbral

Desperté un día sintiéndome confusa. Intenté moverme, abrir los ojos, pero no podía, no sentía ninguna parte de mi cuerpo.
Le envié órdenes a mi cerebro para que moviera cualquier músculo, pero nada, no notaba ni una fibra de mi ser.
Volví a caer en un sueño pesado.
No sé cuánto tiempo estuve así.
Recobré la conciencia al sentir mis extremidades moverse. Percibía una resistencia viscosa a mi alrededor, como un agua densa. Quise tocarla pero mis dedos no respondían.
¿Cómo había llegado ahí?
Escudriñé mi mente en busca de algún dato, alguna pista que arrojara luz sobre mi paradero, sobre mi persona.
Pero estaba vacía.
No recordaba nada, no encontraba ninguna imagen, ninguna palabra. Ni siquiera sabía mi nombre.
¿Quién era yo?
Necesitaba conocer más sobre el lugar en el que estaba. Me estiré y noté que tenía paredes a mi alrededor… o algo parecido.
Debía de estar en una especie de tanque lleno de líquido pero no me estaba ahogando, de algún modo respiraba y ese agua no me mojaba sino que me envolvía y mantenía caliente. También noté una especie de tubo conectado a mi estómago y comprendí que era por donde me alimentaban.
Empecé a tranquilizarme. Fuera lo que fuera ese sitio me estaba manteniendo con vida y pensé que si quisieran hacerme daño ya lo habrían hecho. Convencerme de ésto me hizo recobrar la calma , quizás serenándome por completo pudiera recuperar la memoria.
Me dejé mecer por la masa acuosa, sintiendo su tibia temperatura, la ingravidez de mi cuerpo, procurando tener la mente despejada, llenándome solo de los sonidos de mi alrededor…
Estaba volviendo a quedarme dormida, me sentía a gusto, relajada. Cuando mi mente siempre alerta se percató de que no oía ningún sonido.
Me retorcí de angustia.
Hasta el momento había dado por sentado que contaba con todas las partes de mi cuerpo aunque no pudiera hacer uso de ellas. Con gran esfuerzo levanté las piernas y alargué mis manos, tocando los pies.
Dos, con sus dedos.
Seguí subiendo, tobillos, pantorrillas, rodillas, muslos, estómago, ahí estaba el tubo flexible y blandito; pecho, hombros, cuello, boca, nariz, orejas y ojos…
Intenté alzar los párpados pero sólo conseguí entreabrir una rendijita y ver borroso. No alcancé a diferenciar ninguna imagen, me supuse que era por el fluido en el que estaba inmersa. Volví a bajar los párpados.
Estaba completa, no me faltaba nada.
Qué alivio poder reconocerme y palparme.
En ese mismo instante un sonido llegó a mí, lejano casi inaudible.
Lo reconocía.
Eran latidos.
¡Qué sonido más maravilloso!
Su cadencia palpitante me devolvía la paz.
Permanecí escuchándolo, advirtiendo que ese ritmo iba devolviéndome la calma, sumiéndome en un estado de laxitud y bienestar.
Me dejé llevar por ese estado entre el sueño y la conciencia.
De alguna forma los recuerdos vendrían a mí, ahora solo quería estar fluyendo en este tanque, no me preocupaba nada, no necesitaba saber nada
Nada.
No importa mi nombre, ni el lugar, ni cómo llegué a él. Sólo estar. Sólo sentir esta placidez que me envuelve.
A los latidos se empiezan a unir otros sonidos que no distingo, murmullos lejanos que no rompen mi relax.
Me siento segura y a salvo.
Percibo cómo mi mente se sosiega y caigo en esta quietud sin remedio.
Así permanecí largo tiempo sin saber en realidad su duración.
Aquí no hay forma de medir el tiempo.
Como si no existiera.
Sólo lapsos entre el sueño y la conciencia.
Salí de mi letargo al sentir una estrechez, las paredes que antes no podía rozar ya casi me alcanzaban.
Probé a gritar pero no hallé voz en mí más allá de la que emitía mi cabeza.
Traté de golpear con una pierna las barreras del tanque pero apenas logré unos leves golpecitos blandos.
Repetí varias veces poniendo toda la fuerza que pude pero sólo conseguí agotarme.
Me sentí débil y tuve que volver a descansar.
Notaba cómo las paredes se acercaban más y más.
Pensé que se trataba de algún tipo de tortura. Todo mi cuerpo se encogía. El tubo se me enredaba entre las piernas ya dobladas contra el pecho.
¿Me habían mantenido con vida para luego dejarme morir aplastada?
Pataleaba y golpeaba con los puños cada vez que escuchaba esas voces que, poco a poco, se volvían más nítidas.
Por favor, sacarme de aquí.
La angustia me estaba asfixiando al igual que el habitáculo en el que me hallaba. No creía poder aguantar mucho más. Apenas podía moverme, toda yo formaba un semicírculo cerrado en mi misma. Me di cuenta que nada podía hacer para evitar el final y resignada me preparé para desaparecer.
Los latidos se volvieron agitados.
Cada vez más rápidos.
Las voces eran gritos y el tanque se contraía y expandía.
Una fuerza me empujaba liberándome de mi espacio y a mis ojos llegó una luz.
Sentí miedo, más miedo del que había sentido al encogerse las paredes. Ya no quería salir de allí, los pensamientos se agolpaban en mi cabeza bloqueando mi mente y de pronto ráfagas de imágenes llegaron a mí.
Un espejo mostraba cientos de rostros, hombres, mujeres… de todas las edades y razas. Como en un torbellino percibí la alegría y la tristeza. Vi amor y frustración en sus rostros. Sentí dolor y cicatrices marcadas en la piel. Me llegaban olores a tierra, a mar, a comida, a música y a palabras que me abrazaban. Noté la juventud, las arrugas en la faz y de pronto todo se quedó suspendido a mi alrededor.
Todos los recuerdos llenaron mi ser con nombres, lugares, sentimientos y al momento vacío.
Me vi de pie y escuché una voz detrás de mí que me preguntaba si estaba segura de hacerlo.
Sí. -respondí.
Pues salta.- me dijo y todo se volvió luz.
Me dirigí hacia ella sin remedio pero ya no sentía miedo. Ya sabía quién era y por qué estaba ahí.
Y el valor del conocimiento me susurró que toda historia comienza al atravesar un umbral.
Me dejé llevar hacia la abertura de salida. Unas manos me atraparon y sentí frío y ruido a mi alrededor.
Grité de impotencia.
Otras manos me agarraron en el aire, el miedo y la angustia volvían a mí, el cuerpo se agitaba, no podía dejar de llorar y berrear pero parecía que a nadie le importaba mi congoja.
Entonces me posaron sobre unos brazos que me sostuvieron con delicadeza y escuché ese latir que otrora me había tranquilizado.
Abrí los ojos un poquito y me encontré con una mirada que me envolvía y en ese momento, en ese breve instante, los recuerdos, las imágenes cayeron en el olvido.
Esa mirada me inundó de paz y de calor y supe que todo había merecido la pena. El ruido cesó en derredor para que una voz aterciopelada como el rumor de olas me susurrara.
Bienvenida a este mundo mi pequeña.

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